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Cuenta la leyenda que el diablo elevó aún más una torre en San Gimignano. El propietario se fue de viaje, a su regreso, la torre era más alta. Había crecido.
Las piedras se habían estirado como en un verano adolescente. El dueño de la torre entendió que el demonio la hizo crecer. Al parecer, al maligno le gustaba emular a los arquitectos.
A la construcción se le conoce como la torre del Diablo. El torreón alcanzó más fama cuando apareció en el videojuego Assassin's Creed.
La construcción es una de las 14 verticales que conservan su altanería en San Gimignano, otra perla del tesoro italiano en la Toscana.
Al pueblo del medievo entró al asalto el esprint a tres entre Van der Poel, Del Toro y Pellizzari, que construyeron su reino a través del barro de sterrato que estaba a las puertas del empedrado, de las calles medievales.
La tierra blanca, color oscura por la lluvia, compuso el final. Lo determino. Jorgenson se fue al suelo cuando Van der Poel aceleró.
Del Toro, nuevo líder de la Tirreno-Adriático.
Arensman, que perseguía al terceto, se revolcó en la arena tras perder el control en el mismo punto en el que el neerlandés y el mexicano gobernaron sus monturas a modo de jinetes de rodeo.
Con ellos viajaba Pellizzari. Primoz Roglic quedó preso en el sterrato, al igual que Filippo Ganna, sepultada su ventaja por el barro. Revolcado el líder en la derrota.
Del Toro, nuevo líder
La tierra talló el liderato de Del Toro, estupenda su puesta en escena en las sendas de tierra. Tercero en la Strade Bianche, su segundo puesto en San Gimignano le colocó como líder de la Tirreno-Adriático. La Carrera de los Dos Mares, paradójicamente, se definía en la tierra.
El mexicano manda, con Pelizzari a tres segundos. Sheffield es tercero a 13 segundos de Del Toro. Roglic, que desapareció de plano, alcanzó los arcos de San Gimignano con el grupo perseguidor.
Esos dedos índices pétreos, las torres que apuntan a las alturas perfilan el alma de un pueblo medieval con agujas de piedra que atravesaban el cielo, que conectan a lo divino con lo humano.
Las torres, son famosas la Grossa, la más alta, y la Rognosa, la más antigua y que fuera la más alta, fijan el punto de fuga de una un pueblo enroscada en las colinas de Siena.
Debajo, los viñedos de Chianti y Val D'Orcia, perfuman las calles que se adentran en San Gimignano y su plaza, triangular.
Parada de la vía Francígena, la vía de los peregrinos franceses para acceder a Roma, un muro de 1,2 kilómetros con una pendiente media del 7,1% recibió a los romeros de la bicicleta en el segundo día de la Tirreno-Adriático.
El impacto de Van der Poel
Filippo Ganna, una de las formidables torres del pelotón, maillot azul de líder, descontaba lomas y esbeltos cipreses, campos de trigo aún verdes, en un final estupendo para ciclistas explosivos y clasicómanos con posibles.
Al Gigante de Verbania le protegían los jinetes del Ineos, que desplegaron la coreografía propia de los jerarcas.
Marcaron el paso entre paisajes bellos y pueblos que respetan su historia, su pasado y su personalidad. Roglic, agazapado en la cintura del pelotón, llevaba tachonado a Del Toro en su espalda. Van der Poel prefirió el frente.
Inconfundible su pose, su espalda de estibador, sus hombros de boxeador. Próximos a San Gimignano la lluvia irrumpió en escena para barnizar de nervios los cuerpos.
Al pueblo de las torres se accedía a través del sterrato. La tierra blanca, apelmazada, invocó a una puja por la supervivencia. Nadie más sabio por viejo que el diablo. Desde su torre de San Gimignano se asomó Van der Poel.