Vida y estilo

Juanma Bajo Ulloa: “Antes los premios se ganaban, ahora se conceden”

Después de ‘Baby’ (2020), su último largometraje, el director Juanma Bajo Ulloa (Gasteiz, 1967) regresa a la gran pantalla con ‘El mal’, un thriller psicológico rodado en distintas localizaciones de Araba y Bizkaia
El director alavés Juanma Bajo Ulloa regresa con 'El mal'. / Fragil Zinema

La historia de El mal sigue a una periodista ambiciosa que es contactada por Martin, un personaje perturbador que le ofrece alcanzar el éxito escribiendo un libro sobre su supuesto talento: el de ser el mayor asesino de la historia. La película construye una atmósfera de suspense constante, en la que el espectador percibe que algo inquietante está a punto de suceder, aunque no sepa ni cómo ni cuándo. Pero El mal va más allá del género. En palabras del propio Juanma Bajo Ulloa, el filme busca empujar al espectador a cuestionar sus propias certezas, su capacidad para amar y su relación con ese lado oscuro que todos llevamos dentro.

¿Qué mensaje se va a llevar el espectador con esta película?

Creo que el mensaje que se está llevando la gente es bastante claro. Hay un dicho oriental, que la película de alguna manera simboliza, que dice que dentro de cada ser humano conviven dos lobos. Uno es amable, generoso y pacífico, y el otro es agresivo, lleno de ira y sin escrúpulos. Ambos están en permanente lucha y la pregunta es siempre la misma: ¿cuál gana? La respuesta es sencilla: gana el lobo que alimentas. La película habla precisamente de eso. De cómo puedes partir de un lugar dañado y, si alimentas ciertas cosas, ir hacia la luz. O, al contrario, tener un perfil aparentemente normal, incluso pacífico, sin grandes problemas mentales, y acabar deslizándote hacia la oscuridad. Y no por locura, sino por falta de escrúpulos. ¿Por qué te justificas?: lo hago porque los demás también lo hacen, porque nadie está mirando, porque no es para tanto. Son pequeñas decisiones cotidianas, cosas que sabemos que nos intoxican el alma y que aun así repetimos. Porque tenemos un lado oscuro y lo alimentamos. La idea no es negarlo ni decir “yo soy bueno, yo no tengo envidia, yo no odio a nadie”. Eso no es verdad. Nadie quiere oír esa verdad incómoda. ¿Quién va a reconocer que envidia a su vecino, que odia a alguien, que desearía que le cayera un rayo? Esa es la realidad, pero casi nadie la admite. Y cuando intentas decirlo en voz alta, lo que suele pasar es que la gente te rechaza. No dicen “tiene razón, soy mezquino”. Esa mezquindad no la aceptamos. Y mientras no la aceptemos, no podemos curarla.

Me sigue moviendo la necesidad de conectar con los demás y de entenderme a mí mismo

El guion es de su puño y letra...

Sí, es un guion escrito en 2006. Lo escribí hace muchos años porque en aquel momento intenté levantar la película, pero tenía mucha más dificultad financiera de la que yo imaginaba. Se intentó en un par de ocasiones, y la segunda vez incluso traté de rodarla en inglés, precisamente porque es una historia totalmente universal. Aunque esté rodada en Vitoria, no hay paisaje reconocible ni diálogos anclados a un lugar. Cuando recuperé la historia me sorprendió comprobar que no solo seguía siendo vigente sino que encajaba de forma inquietante con la sociedad actual. Esta vez conseguimos la financiación y la película se puso en marcha.

Bajo Ulloa, en la cámara, grabando una escena. Fragil Zinema

¿Es una película muy emocional?

Yo no trabajo a partir de lo que me ha ocurrido, sino de lo que siento. Todos los personajes de esta película, como en todas las que he hecho, parten de emociones que conozco. Soy capaz de colocarme en lo que sienten y entenderlo. Si no fuera así, no podría contarlo. Los hechos, en realidad, no me interesan tanto; me interesan las razones. Por eso la película no juzga ni señala con el dedo. Se limita a mostrar. Y eso choca frontalmente con el cine actual y con la sociedad actual, donde lo que se fomenta es justo lo contrario: señalar al otro, colocarse moralmente por encima, decir “yo estoy bien y tú estás mal”, “yo no hago trampas y tú sí”. De ahí que resulte incómoda. Todo el mundo dice que quiere conocerse a sí mismo, que quiere saber la verdad. Pero no es cierto. La gente no quiere mirarse al espejo ni enfrentarse a lo que ve. Como dice un personaje de la película: “La verdad duele, la verdad da miedo. Y la mayoría prefiere llevar una máscara y que le cuenten una mentira”.

¿Cuál fue la escena más complicada de rodar?

Ha habido varias. Por un lado las escenas con violencia, que a veces se asocia automáticamente a la acción, aunque no siempre sea así. También ha habido momentos de verdadero peligro que rodamos con especialistas: una escena con un tren y otra con fuego. Son situaciones que tienes que medir al milímetro y, aun así, nunca estás del todo tranquilo. Todo ocurre muy rápido y siempre existe la sensación de que algo puede salir mal. Esa tensión es, probablemente, lo más complicado cuando trabajas con escenas de acción. Luego está otro tipo de dificultad, muy distinta, de la que salen escenas especialmente bonitas. Hablo de una escena de María Schwinning en la que habla por teléfono con su madre. Es muy emocionante porque la madre la está engañando y ella no sabe si creerla o no. Cuando terminó el diálogo, la escena, en teoría, ya estaba hecha. Yo estaba operando la cámara, algo que he ido haciendo en todas mis películas, y decidí no cortar. María empezó a tocar el handpan, un instrumento metálico precioso, con un sonido casi celestial y me fui con la cámara a sus manos, luego a su rostro. Ella comenzó a llorar. Entonces entró el actor que interpreta a su pareja, un chico de Zumarraga, y le dio un beso. Seguimos rodando. Todo fue completamente improvisado, no estaba en el guion, y creo que, probablemente, es la secuencia más hermosa de la película. Ocurrió de manera casi mágica. No estaba prevista y sucedió, en parte, porque en ese momento yo era el cámara. Si hubiera sido un técnico, habría cortado al finalizar la escena, como es lógico. Pero al ser yo, seguí rodando para ver qué pasaba. Y lo que pasó fue algo realmente especial.

Ha pasado tiempo desde su último trabajo cinematográfico, ¿qué ha hecho estos últimos años?

En 2022 empezamos el camino de El mal. Estuvimos más de dos años buscando financiación. La película se rodó en 2024 y el montaje y la sonorización se hicieron en 2025. La teníamos lista después del verano, pero no había hueco para el estreno, así que finalmente ha llegado en enero de 2026.

¿Qué queda de aquel Juanma de Alas de mariposa (1991)?

Antes era otra persona. Cuando eres joven sueles ser más osado: no tienes prejuicios ni miedo, te lanzas de cabeza. Pero cuando pasa el tiempo, ya te has caído dos o cuatro veces, entonces dejas de tirarte. Con los años se pierde osadía y también inocencia. Aun así, confío en haber conservado la suficiente como para seguir conectando con ese niño apasionado, casi obsesionado con contar cosas. Creo que eso sigue ahí, en una parte muy visceral. Porque cuando el impulso creativo se vuelve demasiado racional es cuando el creador se estropea. La cabeza es una herramienta, sí, pero no puede ser la única.

Juanma Bajo Ulloa, en un momento del rodaje. Fragil Zinema

En 1997, rodó Airbag, que se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine español en aquel momento. ¿Nunca ha pensado en hacer una segunda parte?

Es algo que te proponen, sí, pero hay varias razones para no hacerlo. Una es puramente técnica: es complicado poner de acuerdo a todo el mundo y no sé hasta qué punto merece la pena. La otra tiene más que ver conmigo. Me mueve la experimentación. Repetir algo que ya sé cómo se hace, aunque ahora pudiera hacerlo mejor o peor, no me resulta especialmente atractivo. Prefiero enfrentarme a cosas nuevas, soy muy de probar, de experimentar, y no tengo un interés especial en repetir fórmulas. Dicho esto, tampoco voy a engañar a nadie: todos tenemos un precio. Quién sabe.

¿Hay alguna película suya que hoy haría de forma distinta… O prefiere dejarlas como testimonio de quién era entonces?

Todas, en realidad. Hace unos meses se proyectó Airbag en Madrid, en La Bombilla, un cine al aire libre. Recuperaron el coche de la película, el de la escena en la que da la vuelta y saltan los airbags, y lo colocaron delante de la pantalla. Fue una maravilla. Estaba lleno de espectadores, de fans. Pero claro, la ves y sufres. Piensas: esto lo cambiaría, esto está fatal, aquí cortaría, aquí va lento… Pero al mismo tiempo también te sorprendes: esto no quedó tan mal, qué curioso, cómo se me ocurrió esta chorrada. Al final es una pelea contigo mismo que no tiene mucho sentido. Ya no soy la misma persona y, por tanto, hoy la haría distinta. Pero quién sabe si no la estropearía. Así que lo que hice en su momento, bien hecho está.

¿Cómo ve la industria cinematográfica vasca actual?

Está en auge porque, después de muchos años de empeño por parte de unos cuantos pioneros que llevamos tiempo intentando rodar en Euskadi, algo ha empezado a cambiar. En mi caso, he rodado aquí prácticamente todo, salvo Airbag. Tras tantos años rodando aquí y tratando de convencer de que el cine es un valor en muchos sentidos, industrial, turístico, cultural, ha sido finalmente Hacienda la que ha encontrado un mecanismo para apoyar a los cineastas que ruedan en Euskadi y a las empresas que los respaldan. A nivel institucional, se ha creado una herramienta que antes no existía. El problema es que llega tarde. Si esto se hubiera hecho hace años, ahora habría una base sólida de técnicos profesionales, y no la hay. De hecho, para El mal yo mismo he tenido que traer técnicos de fuera porque no había suficientes aquí. Es una pena. Muchos se marcharon, otros directamente no se formaron aquí porque no había continuidad de rodajes. Pero ahora hay un boom y hace falta formación para que la gente no tenga que irse a Madrid y pueda desarrollar su carrera aquí.

¿Qué le sigue empujando a contar historias en cine?

Me sigue moviendo la necesidad de conectar con los demás y de entenderme a mí mismo. Mientras haya cosas que descifrar, por qué siento lo que siento, por qué actúo como actúo, ahí sigo. Y luego está la atracción por la belleza. Pero no hablo de algo bonito en el sentido clásico. La belleza también puede ser decadente. En Baby, por ejemplo, la casa principal, la mansión, es completamente decadente; muchos espectadores la perciben como algo horrible, sin embargo para mí tiene una fuerza hipnótica. Ahí es donde yo encuentro la belleza.

En breve se entregarán los premios Goya, ¿qué opinión le merecen?

Mi opinión es bastante sencilla: antes los premios se ganaban, ahora se conceden. El mérito, que no siempre ha estado libre de intereses o manipulaciones, tenía un peso real. Existía un nivel de reconocimiento ligado, en mayor o menor medida, a la calidad y al talento. Eso hoy está en mínimos. El foco se ha desplazado hacia otros factores: desde dónde te alineas, qué tema abordas, quién lo firma y con qué tono. Todo eso pesa más que cómo está hecha la película o si quien narra tiene verdadero talento. El mérito queda en segundo plano, hasta el punto de que, casi desde un despacho, se puede diseñar la película perfecta para ser premiada.

14/02/2026