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Tras semanas de constatación de la figura indispensable que representa el estrecho de Ormuz en el tablero internacional, Teherán ha decidido mover sus fichas. Se trata de la instauración de una nueva legalidad marítima: Irán ha comenzado a autorizar el tránsito selectivo de buques; lo que se traduce en la muerte de la libre navegación y, en su lugar, nace el "permiso de paso" de la República Islámica.
El Ministerio de Agricultura iraní, en un comunicado que ha circulado a través de la agencia Tasnim, anunció la apertura de un corredor controlado para buques que transporten ayuda humanitaria y productos esenciales. Esta decisión busca aliviar la presión sobre los puertos iraníes y garantizar el suministro de alimentos básicos y suministros para el ganado. Sin embargo, detrás de la terminología humanitaria se esconde una arquitectura de control férrea. Se han establecido protocolos específicos y "disposiciones necesarias" que funcionan, en la práctica, como una aduana militarizada en uno de los puntos más sensibles del planeta. No es una apertura generosa, es la demostración de quién tiene la llave del enclave estratégico.
Por Ormuz transita habitualmente el 20% del petróleo del globo y su parálisis ha provocado que el precio del barril Brent se dispare entre un 40% y un 50% desde el inicio de las hostilidades. Este tsunami inflacionario ha golpeado los sectores del transporte, la energía y la alimentación en todos los rincones del mapa, otorgando a Teherán una capacidad de presión que ahora está empezando a monetizar de forma política y económica.
La retórica que emana del Parlamento iraní no deja lugar a dudas sobre la ambición de este cambio. Abbas Goudarzi, portavoz de la Presidencia legislativa, ha sido tajante al afirmar que el estatus del estrecho ha cambiado para siempre. Según Goudarzi, Ormuz ya no es una vía de libre tránsito, sino una "ventaja estratégica" que Irán defenderá con todo su poderío militar. Además, ha anunciado procedimientos para imponer un "coste de navegación" a los barcos que transiten por sus aguas, una suerte de peaje de soberanía que, además, deberá ser abonado en la moneda nacional, el rial. Es un desafío directo al sistema financiero internacional y una apuesta por la "resistencia" frente a lo que ellos denominan las pretensiones de EE.UU. e Israel.
Eliminar a Washinton y Tel Aviv del Golfo
En este nuevo orden que Teherán intenta esculpir entre las olas, la diplomacia de los acuerdos bilaterales está ganando terreno. Mohamad Baquer Qalibaf, presidente del Parlamento, ha propuesto una realidad regional donde la seguridad sea gestionada exclusivamente por "los países interesados, sin interferencias extranjeras". Qalibaf sugirió que la seguridad sostenible solo es posible si se elimina la participación de Washington y Tel Aviv en la ecuación del Golfo, en lo que supone un llamado a un club de seguridad exclusivo, donde el precio de la membresía es el reconocimiento de la hegemonía iraní sobre el estrecho.
A pesar de la rigidez de las declaraciones oficiales, los datos de seguimiento de buques empiezan a mostrar un goteo de actividad en el estrecho. En las últimas horas, unos 13 buques han cruzado el enclave y entre ellos, destacan dos barcos de bandera turca, así como un portacontenedores francés y un buque de propiedad japonesa, si bien esta cifra es insignificante en comparación con los números previos al inicio de la guerra.
El camino de la República Islámica parece trazado: no hay rendición, sino una reconfiguración total del escenario. Al permitir el paso de barcos de países que han rechazado la ofensiva conjunta o que se han sentado a negociar términos específicos, Irán está utilizando Ormuz no solo como un arma de guerra, sino como una herramienta diplomática. Hoy, el mundo observa con cautela cómo el rial intenta abrirse paso como divisa marítima y cómo el permiso de Teherán sustituye a los tratados internacionales.