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Hoy, muchas personas llegan a la consulta del médico con una pregunta muy bien preparada en su cabeza o incluso perfectamente redactada en un papel, fruto de una conversación previa… con un sistema de inteligencia artificial. No lo hacen por desconfiar del profesional, sino porque quieren entender mejor lo que les pasa antes de hablar con él. Y no son solo pacientes. Cada vez más médicos, enfermeros y técnicos sanitarios también usan estas herramientas para repasar casos complejos, revisar interacciones entre medicamentos o mantenerse actualizados en especialidades cambiantes. La IA no decide por ellos, pero les ayuda a profundizar.
Esto no es futuro. Es presente. Y negarlo solo aleja a quienes buscan respuestas. Lo importante no es prohibir el uso de la IA, sino enseñar a usarla bien. Por ejemplo, puedes pedirle que te explique qué significa un valor anómalo en una analítica, cómo actúa un fármaco en el organismo o cuáles son los cuidados tras una intervención. Si formulas la pregunta con claridad, la respuesta puede ser muy útil, pero si preguntas mal, acabarás asustado, desinformado y metiéndote en un verdadero lío.
Contraste profesional
Además, hay que recordarlo: la IA no tiene acceso a tu historia clínica completa. No sabe tus antecedentes, no te ha examinado ni percibe tu estado emocional. Solo responde a lo que se le dice y si le mentimos o le damos datos de nosotros que son ambiguos no te quejes de lo que te está contando.
Sus respuestas no son diagnósticos, sino interpretaciones basadas en los datos que le des. El riesgo no está en usarla, sino en creer que lo sabe todo. El verdadero peligro es tomar decisiones sin contrastar con un profesional.