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Humanizar a los perros puede acabar en maltrato: del hiperapego a la falta de límites

Los expertos advierten de que sobrealimentarlos, impedir que se queden solos o limitar sus conductas naturales perjudica su bienestar

La población canina supera ya los 7,5 millones de animales, según los últimos datos del Ministerio de Derechos Sociales. Su creciente presencia en los hogares ha reforzado la tendencia a integrarlos como un miembro más de la familia, pero también ha extendido comportamientos que pueden resultar perjudiciales cuando se les atribuyen necesidades y emociones propias de las personas.

Con motivo del Día Mundial del Perro, que se celebra este martes, el etólogo y profesional canino Luis Felipe Guevara advierte de que la humanización va mucho más allá de vestir a los animales, pasearlos en cochecitos o denominarlos “perrhijos”. El problema aparece cuando se convierten en “un sustituto emocional de las relaciones humanas” y se ignoran sus necesidades como especie.

“Muchas veces, el perro termina siendo la pareja que no tengo o los hijos que aún no hemos tenido”, explica Guevara. El animal pasa así a funcionar como un “cuenco emocional” con el que se intentan llenar carencias afectivas, una responsabilidad que “distorsiona bastante su naturaleza”.

Esta visión también lleva a interpretar su comportamiento con parámetros humanos. Mientras no cause molestias, se considera que el perro “se porta bien”; cuando aparece una conducta incómoda, se concluye que “se porta mal”, aunque pueda responder a una necesidad biológica o a la falta de actividad, socialización o estímulos.

Cuando el cariño perjudica al animal

La humanización puede desembocar en “otras formas de maltrato, como la sobrealimentación, el sedentarismo o el hiperapego”. Este último problema se ha visto favorecido por el teletrabajo y por el elevado número de horas que algunos propietarios pasan junto a sus mascotas. Cuando el animal se queda solo, puede desarrollar comportamientos que terminan convirtiéndose en trastornos obsesivos, como “ladrar en exceso, lamerse las patas, arañar las puertas o gemir” sin una causa aparente.

La ausencia de límites y educación supone otro riesgo. Algunos propietarios entienden el adiestramiento como una interferencia en la manera natural de expresarse del animal, pero Guevara sostiene que sucede “todo lo contrario”. Un perro educado puede “disfrutar de mayor libertad, hacer ejercicio y relacionarse mejor con otros animales y personas”, además de reducir el riesgo de volverse “reactivo”.

El afecto hacia las mascotas resulta compatible con su bienestar siempre que se respeten las características de su especie. Vestirlas continuamente, impedirles relacionarse con otros animales o limitar de manera habitual sus conductas naturales puede convertirse en una forma de maltrato.

Las redes refuerzan una imagen equivocada

La presencia de los perros también ha crecido en las redes sociales. Según un estudio de la empresa Cheerz, el 45 % de los propietarios considera a su mascota “como un hijo” y otro 45 %, “como un miembro más de la familia”.

El 25 % de las personas consultadas asegura que prefiere ver contenidos protagonizados por animales antes que publicaciones de parejas o hijos. Entre quienes comparten imágenes en internet, el 61 % publica fotografías de sus mascotas, frente al 33 % que muestra a su pareja y el 21 % que expone a su familia.

Aunque la tendencia a humanizar a los animales es anterior a internet, Guevara considera que las plataformas han contribuido a reforzar ideas equivocadas. Algunos vídeos presentan a los perros como si razonaran de manera semejante a las personas o les atribuyen capacidades que en realidad proceden del entrenamiento, como utilizar botones para comunicarse o encender un televisor. “La gente termina creyendo que va a tener esa comunicación con el perro y esa conciencia profunda, pero no es algo real”, concluye el etólogo.

21/07/2026