Formado por el cauce del río que le da nombre, este valle del interior de Cantabria es el destino perfecto para quienes huyen de las aglomeraciones costeras y buscan adentrarse en un paisaje de una pureza total y de ritmo pausado. ¿Qué hace tan especial al Valle del Nansa? Principalmente, que ha sabido esquivar el desarrollo turístico masivo. Su geografía, encajonada entre la Sierra del Escudo de Cabuérniga y los imponentes picos de los macizos de Peña Sagra y los Picos de Europa creó un microclima de aislamiento que protegió sus aldeas de piedra, sus bosques de robles y hayas, y una fisonomía ligada a la fuerza del agua y a la vida medieval. Recorrer la carretera que serpentea junto al río es descubrir una Cantabria vertical con desfiladeros, prados verticales de verde fosforito y cuevas que guardan tesoros arqueológicos mundiales.
Pueblos imperdibles
El Valle del Nansa está salpicado de un conjunto de pequeños pueblos que representan la esencia de la arquitectura tradicional, donde las paradas obligatorias están hechas de piedra e historia. Uno de los rincones más mágicos es Tudanca, un municipio declarado Conjunto Histórico-Artístico que parece sacado del siglo XVIII. Sus calles empedradas están flanqueadas por casas de sillería con solanas orientadas al sur para captar la luz, pero la joya indiscutible del pueblo es La Casona de Tudanca. Este palacio barroco fue fundado por un indiano y, ya en el siglo XX, se convirtió en propiedad del escritor José María de Pereda, quien ambientó aquí su novela Peñas Arriba. Más tarde, este edificio se transformó en un auténtico templo por el que pasaron intelectuales como Miguel de Unamuno, Rafael Alberti o Federico García Lorca.
La Casona de Tudanca.
Siguiendo el curso del río se llega a Puentenansa, la localidad que ejerce como cruce de caminos y alma comercial del valle. Es el lugar idóneo para pararse a observar el fluir de la vida cotidiana de la comarca, contemplar sus puentes medievales y visitar las antiguas construcciones de piedra que históricamente han dado servicio a ganaderos de la zona. Muy cerca se esconde Lafuente, un minúsculo rincón que custodia una de las mayores joyas del románico cántabro, que es la Iglesia de Santa Juliana. Este templo del siglo XII destaca por una sobriedad bellísima, una portada muy singular y unos canecillos esculpidos con figuras de animales y rostros humanos en mitad de la montaña.
Dos rutas espectaculares
El entorno natural de la comarca es una invitación a ponernos las botas de montaña gracias a una red de senderos perfectos para disfrutar de forma sencilla. El itinerario estrella para captar la esencia de la zona es la Senda Fluvial del Nansa, también conocida como el camino de los pescadores. Se trata de una ruta lineal muy bien acondicionada que recorre el fondo del valle pegada al cauce del agua, siendo su tramo más espectacular y asequible el que une los pueblos de Muñorrodero y Camijanes, completando unos 7 kilómetros de poca dificultad. El sendero avanza bajo la sombra de un frondoso bosque y lo más bonito del recorrido es que permite caminar a ras de agua cruzando puentes de madera flotantes, pasarelas ancladas a las rocas del desfiladero y antiguos pozos salmoneros donde, con un poco de paciencia, se puede ver saltar a los salmones atlánticos que remontan la corriente.
Los senderistas también deben atravesar el puente colgante de Rasines. Según los visitantes, esta estructura se eleva más de 40 metros sobre el río, ofreciendo una experiencia que, "no parece de Cantabria". Este paso elevado conduce a una zona de presas y cascadas que forman pozas naturales, las cuales ha recomendado como el lugar perfecto para refrescarse durante los meses de verano.
Para quienes busquen una caminata corta pero con una recompensa que merezca la pena, la mejor opción es la Ascensión a la Ermita de las Nieves. Esta ruta tiene unos 9 kilómetros entre la ida y la vuelta, salvando un desnivel moderado a través de un camino que arranca en el barrio alto de Celis y asciende por una pista de montaña. A medida que se gana altura, la vegetación se abre hasta alcanzar la Ermita de la Virgen de las Nieves, un pequeño templo de piedra colgado de una cresta rocosa. Desde este balcón natural se contempla una panorámica en 360 grados impresionante, mostrando al río Nansa por el desfiladero y, justo al fondo en el horizonte, las imponentes cumbres de Peña Sagra junto a las cimas de los Picos de Europa vigilando todo el valle.
El Soplao
El mayor tesoro geológico de la comarca no se ve a simple vista, sino que se esconde bajo el subsuelo. En lo alto de la sierra, entre los valles del Nansa y del Saja, se ubica la Cueva de El Soplao. Descubierta a principios del siglo XX por los mineros que extraían zinc y galena de la zona, esta cavidad está considerada una obra de arte de la geología mundial. La Cueva está situada a 60 km de Torrelavega y a 83 km de Santander, cerca de lugares con encanto como son San Vicente de la Barquera, Comillas, Santillana del Mar, el Desfiladero de la Hermida o Cabuérniga. La entrada tiene un precio de 15,70 euros por cada adulto.
Cueva El Soplao
El Soplao es famoso por la exagerada abundancia de estalactitas excéntricas, unas formaciones de calcita blanquísima que desafían la gravedad creciendo en forma de hilos, lazos y agujas que se entrelazan de forma extraña. La visita turística recrea el ambiente minero, introduciéndote en la cueva para recorrer a pie sus espectaculares salas iluminadas, donde las luces se reflejan en los lagos subterráneos creando una atmósfera mágica.