Gipuzkoa

“El materialismo no puede saciar al ser humano y eso explica que haya un cierto despertar religioso”

Cinco décadas después de su ordenación sacerdotal sigue al frente de la parroquia de Santa María la Real de Azkoitia con la misma vocación que le llevó al seminario siendo adolescente
Félix Azurmendi, párroco de Azkoitia. / Aitor Zabala

Cinco décadas después de su ordenación sacerdotal, Félix Azurmendi (Urretxu, 1950) sigue al frente de la parroquia de Santa María la Real de Azkoitia con la misma vocación que le llevó al seminario siendo adolescente. A lo largo de estos 50 años ha recorrido buena parte de Gipuzkoa, desde sus primeros destinos en entornos como Matxinbenta o Beizama hasta su labora en Trintxerpe, el Obispado o proyectos sociales como Proyecto Hombre.

Ha sido una trayectoria marcada por el servicio, el contacto con las personas y una fe que, como él mismo reconoce, ha ido reafirmando con el paso del tiempo. El aniversario se celebrará con un homenaje y una comida popular este domingo en Azkoitia. En esta entrevista, Azurmendi repasa su trayectoria vital desde la infancia, recuerda las personas que marcaron su vocación, reflexiona sobre los momentos más exigentes de su vida sacerdotal y analiza la relación actual entre la Iglesia y la sociedad, con especial atención a los jóvenes y a los retos del futuro.

Infancia

¿Cómo recuerda su infancia en Urretxu?

Viví allí hasta los nueve años y tengo un recuerdo muy bueno. En el barrio había mucha chavalería y pasábamos la mayor parte de tiempo en la calle, jugando sin las preocupaciones de hoy. Éramos muchos hermanos y en casa había orden y unos padres muy entregados. Sobre todo mi madre fue quien nos transmitió la fe y los valores. También recuerdo un vecindario muy cercano, casi como una familia. Las puertas estaban abiertas y entrábamos y salíamos con total libertad. 

A los nueve años va a Donostia.

Nos trasladamos allí por el trabajo de mi padre, que trabajaba en la Diputación, y fuimos vivir a Ategorrieta. También era un ambiente muy distinto al de hoy. Era mucho más tranquilo, no había semáforos ni apenas circulación. Había mucha vida en la calle, trato cercano. Seguí teniendo amigos y una infancia feliz. Estudié en Los Hermanos de La Salle y guardo buen recuerdo de aquellos años.

La fe y la vocación

¿Hubo alguna persona que influyera especialmente en su forma de ver la vida o la fe?

Sí, sobre todo mi abuela materna. Era ella una mujer muy creyente que me marcó profundamente. La otra abuela la recuerdo más por su bondad, era muy buena. También el párroco de mi parroquia lo recuerdo. Era una persona muy cercana. Tenía un gran sentido del humor y era muy entregado a la gente. Recuerdo, además, otro sacerdote joven con el que convivíamos mucho que también influyó en mí. 

¿Cuándo empezó a plantearse la vocación sacerdotal?

Desde niño ya estaba presente. Con 13 años entré en el seminario menor de Saturrarán. Eso era algo bastante habitual en aquel entonces. La decisión más consciente llegó más tarde, con 18 o 19 años. Tuve dudas entre estudiar Historia, que me gustaba mucho, o seguir en el seminario. En ese momento pensé que historiadores habría muchos y sacerdotes cada vez menos, por lo que decidí continuar.

El parróco Felix Azurmendi en Azkoitia, durante una celebración religiosa. Aitor Zabala

Dudas y dificultades

¿Tuvo momentos de duda a lo largo de su vida sacerdotal?

Sí, aunque han sido momentos puntuales. Suelen ocurrir, sobre todo, cuando surgen dificultades o incomprensiones, tanto fuera como dentro de la Iglesia. Pero han sido situaciones pasajeras, esas dudas sólo me han durado unos minutos, como mucho. En general, he sido muy feliz como sacerdote, la verdad.

¿Qué dificultades destacaría de su trayectoria?

Una de las dificultades habituales es la incomprensión. Cuando intentas impulsar algo o tomar decisiones, no siempre son bien entendidas y eso genera críticas. Al final, el sacerdote es una figura pública y está expuesto a la opinión de los demás. También hay dificultades dentro de la propia Iglesia. No todos pensamos igual y hay momentos en los que no te identificas con las decisiones de quienes tienen la responsabilidad. En esos casos, tienes que asumir que no te corresponde a ti decidir y seguir adelante con lo que se te pide. Ha habido momentos en los que uno se plantea interiormente si ha elegido bien, sobre todo cuando las cosas se complican. Pero en mi caso han sido momentos pasajeros. En general, he vivido mi vocación con mucha satisfacción.

Experiencias en proyectos

Ha estado implicado en proyectos como Proyecto Hombre o Cáritas. ¿Qué le han aportado esas experiencias?

Han sido experiencias muy intensas. En el caso de Proyecto Hombre, coincidió con una época especialmente dura, marcada por el problema de la droga y también por enfermedades como el sida. Vivíamos situaciones muy difíciles con personas cercanas que enfermaban o morían. Al mismo tiempo era muy gratificante ver procesos de recuperación, personas que salían adelante y reconstruían su vida. Esa mezcla de sufrimiento y esperanza marca mucho. En Cáritas también pude conocer de cerca la realidad de muchas personas y el trabajo solidario que se realiza. Ahí te das cuenta de que, al final, lo más importante son siempre las personas, con sus dificultades y su dignidad.

¿Qué le aportó su etapa como vicario general?

Esa etapa me permitió conocer toda la diócesis y valorar mucho más la Iglesia y a las personas que la forman. Hay un compromiso enorme de laicos y sacerdotes que muchas veces, desde fuera, no se ve. También conoces las dificultades, pero sobre todo es una experiencia muy enriquecedora.

¿Cómo ha sido su recorrido hasta llegar a Azkoitia?

Tras ordenarme, estuve en varios destinos como Matxinbenta, Beizama o Trintxerpe, muy vinculado también a la pastoral juvenil. Más adelante, como ya ha comentado, fui vicario general. Después pasé un tiempo en Roma estudiando teología espiritual. En 2012 me destinaron a Azkoitia y aquí sigo desde entonces.

¿Qué significa Azkoitia para usted?

Estoy muy bien aquí. Azkoitia es un pueblo donde la relación es muy cercana y donde todo el mundo te conoce. Nunca pensé que estaría tanto tiempo, pero con los años ves que probablemente será hasta el final de mi etapa activa.

Relación entre la sociedad y la Iglesia

¿Cómo ha cambiado la relación de la sociedad con la Iglesia desde que usted empezó hasta el día de hoy? 

La secularización es un proceso que ya comenzó hace décadas. Cuando yo estudiaba Teología, después del Concilio Vaticano II, ya se hablaba de este fenómeno. Es decir, el alejamiento de la práctica religiosa no es algo reciente, viene de lejos y se ha ido acentuando con el tiempo. En Euskadi, la Iglesia ha sido tradicionalmente una realidad muy arraigada en la sociedad, con una relación bastante cercana con la gente. Pero con los años ese vínculo se ha ido debilitando. Ha crecido el abandono de la práctica religiosa y también, en determinados momentos, la crítica hacia la iglesia. Seguimos en ese contexto. La relación no es la misma que antes, pero tampoco ha desaparecido del todo. Hay una transformación profunda que hay que entender dentro de los cambios sociales más amplios que se han dado en las últimas décadas.

En ámbitos como la cultura o algunas tradiciones, por ejemplo, en Donostia se ha recuperado la procesión de Semana Santa, después de más de medio siglo, ¿cree que se está produciendo un cierto resurgir de la fe?

Desde lo que yo veo, se habla de un posible despertar, pero yo no echaría las campanas al vuelo. Es verdad que pueden darse algunos signos, y tampoco me sorprende demasiado. El materialismo tiene sus límites y muchas veces no logra dar respuesta a las preguntas de fondo sobre el sentido de la vida. En ese contexto, hay personas que vuelven a plantearse la fe como una fuente de sentido y de esperanza. En otros países, por ejemplo, se están viendo fenómenos como el aumento de bautismo de adultos, lo cual es significativo. Ahora bien, creo que es un proceso lento y complejo. No hablaría todavía de un cambio claro o generalizado, sino más bien de pequeños indicios que habrá que ver cómo evolucionan con el tiempo.

¿Qué necesita la Iglesia para conectar con los jóvenes?

No es fácil. Lo primero es tener relación con ellos, porque sin relación no hay puente posible. Hoy en día vivimos en un ambiente muy secularizado y materialista. Todo eso dificulta mucho ese contacto. Haría falta audacia para acercarse y saber estar sin perder la calma. 

¿Qué le ha sostenido en los momentos difíciles?

La fe. La relación con Jesucristo y el apoyo de la comunidad. Siempre me ha encontrado con gente muy buena a mi alrededor. Eso también sostiene mucho.

Mirando atrás, ¿cómo le gustaría ser recordado? 

Como una persona buena, cercana, natural y creyente. Con eso me basta.

Homenaje este domingo

Este domingo recibirá un homenaje, ¿cómo lo vive? 

Con cierta incomodidad, porque uno no hace las cosas para eso. Lo agradezco, porque sé que es una muestra de cariño de la gente, pero estaré un poco nervioso. 

Si tuviera que resumir su vida en una frase, ¿cuál sería?

He sido inmensamente feliz como sacerdote. A pesar de las dificultades que pueda haber habido, mi balance es profundamente positivo. Me siento muy agradecido a Dios y a la vida que he tenido. También estoy muy agradecido a la gente que me ha acompañado todos estos años. Un sacerdote sin comunidad no es nada; necesita de las personas que le rodean. Y, por supuesto, sin la fe tampoco tendría sentido. Con todo, me considero una persona afortunada por el camino que he recorrido y por todo lo que he vivido. 

25/04/2026