Vida y estilo

"El hostelero es carero": ¿una protesta justificada?, por Aitzol Zugasti

A menudo se escucha en la calle: “Todo está por las nubes”. Y no es una frase hecha. Es la conversación del bar, de la cola del súper, del mercado y de cualquier txoko
La mesa de un restaurante. / F.P.

Se nota en el zurito, en el menú de sidrería, en los pintxos de cualquier capital, en la barra de siempre y en la cesta de la compra de casa. El malestar existe porque el golpe es real: la gente paga más por casi todo y, en muchos casos, con la misma nómina o con una capacidad de gasto cada vez más ajustada.

No le falta razón al ciudadano cuando protesta. Pero si queremos entender de verdad lo que está pasando, conviene mirar toda la cadena y no solo el precio final. Porque la fluctuación de precios no castiga únicamente al cliente; también aprieta a productores, distribuidores, proveedores, pequeños comercios y hosteleros. Y cuando todos los eslabones están tensos a la vez, la cuerda acaba crujiendo por algún lado.

La política internacional, además, no ayuda a serenarse. Vivimos en un ruido geopolítico constante, con decisiones globales que impactan en la economía local en cuestión de semanas. Sin entrar en trincheras ideológicas, con la excusa de la guerra de Ucrania la energía se disparó, llegaron las materias primas inestables, logística más cara, incertidumbre en mercados estratégicos. Hasta ahí, hechos. El problema llegó cuando, junto a ese impacto real, apareció una especie de barra libre de justificaciones.

Una cosa es absorber incrementos reales de coste y otra convertir cada crisis en un comodín para subir precios sin explicar nada. Ahí se enrarece la conversación pública: se mezclan verdades con exageraciones, y al final nadie se fía de nadie. El cliente piensa que le están metiendo la mano en el bolsillo; el autónomo empresario siente que trabaja más para ganar menos; y entre medias se deteriora la confianza, que es justo lo que más cuesta recuperar.

Hacer números

Si aterrizamos la discusión en hostelería, la película se entiende mejor con números. En una cuenta de explotación saludable –de esas que permiten respirar pero no tirar cohetes– el coste de personal suele situarse en una franja del 30–35% de la facturación. La compra de producto –materia prima y bebida– ronda aproximadamente otro 30%, si todo va bien. Solo con esas dos partidas ya estás en torno al 60–65%. A partir de ahí empieza el desfile de gastos fijos: luz, gas, agua, seguros, limpieza, mantenimiento, gestoría, software, comisiones de TPV y plataformas, impuestos, reposición de menaje, pequeñas averías, licencias, amortizaciones… y, por supuesto, el alquiler, que en muchas zonas se ha convertido en una losa.

La suma de todo eso dibuja una realidad menos visible desde fuera: el margen final no es tan ancho como parece cuando uno mira una carta sin contexto. Por eso, incluso en negocios bien gestionados y con buena ocupación, cerrar con un beneficio neto del 8–10% ya se considera un resultado sólido. No es un margen de lujo; es un margen de empresa sana, de poder reinvertir sin ahogarse y de dormir sin miedo al siguiente susto.

Y aun así, hay quien cree que esto va solo de subir precios. No. Va de sostener un equilibrio delicado todos los días: atender bien, comprar bien, vender con criterio, mantener un estándar estable, pagar a tiempo, formar equipo, cuidar el producto, corregir mermas, aguantar picos y valles de demanda y conseguir que el cliente vuelva. Porque vender una vez puede ser suerte; fidelizar es método, coherencia y oficio.

La hostelería, cuando está bien hecha, no vende solo comida o bebida. Vende confianza. Vende regularidad. Vende un sé a lo que voy y me compensa volver. Y eso exige una gimnasia diaria que casi nunca se ve: diseñar cartas que funcionen en margen sin traicionar la identidad; ajustar escandallos cuando cambia el coste de un ingrediente; planificar compras sin sobrestock y sin quedarte corto; negociar sin romper relaciones; cuidar la productividad por franjas; revisar horarios para no quemar al equipo; y mantener el nivel en sala y cocina aunque el día venga torcido.

¿Un pincho es caro o barato?

También hay una parte cultural que conviene decir en voz alta: durante años nos acostumbramos a comparar precios sin comparar propuestas. Un pintxo no es caro o barato en abstracto. Depende del producto, de la elaboración, del personal necesario para ejecutarlo, del lugar donde se sirve, del alquiler que soporta ese local, del nivel de exigencia sanitaria, del horario de apertura, de la merma que asume y del modelo de servicio. Simplificarlo todo a antes costaba menos puede ser comprensible, pero no explica la realidad completa.

Y aquí entra una verdad poco visible en la conversación pública: en la mayoría de los casos, el hostelero no imputa al precio final todo lo que a él le ha subido. No por romanticismo ni por ingenuidad, sino por una mezcla de prudencia y oficio. Sabe que su negocio –igual que la pequeña carnicería o la pescadería de barrio– no vive de una transacción aislada, vive de un hábito. De que el cliente repita, de que se sienta cuidado y de que lo que paga mantenga sentido. Cuando el bolsillo aprieta, un ajuste brusco puede romper la costumbre: se pasa menos, se pide menos, se deja para ocasiones. Y esa pérdida lenta, casi silenciosa, pesa más que cualquier crítica puntual.

Por eso muchos profesionales han tirado de freno y han preferido apretar por dentro antes que tocar el precio. Afinan compras, ajustan gramajes, renegocian, cambian referencias y hacen esa ingeniería silenciosa que no se ve desde la barra. Con la estructura ya explicada, la cuenta es bastante tozuda: cuando no repercutes todo lo que te suben, lo primero que adelgaza suele ser el margen.

Eso no significa que el sector tenga bula ni que no toque autocrítica. La hay: hay negocios que comunican peor de lo que trabajan, que desordenan su oferta o que confunden rotación con rentabilidad. El cliente no está obligado a pagar cualquier cosa, y la confianza no se exige: se gana. Pero el debate de fondo no debería quedarse en qué caro está todo, sino en qué modelo queremos sostener. Si el reflejo es subir precios en piloto automático, se enfría el consumo y se empobrece la experiencia. Si el reflejo es absorberlo todo para no incomodar, asfixiamos empresas y vaciamos de futuro el comercio y la hostelería del entorno en el que vivimos. El punto justo suele estar en medio: gestión fina, procesos afinados, merma controlada, transparencia y ajustes cuando toca, con coherencia.

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Porque, al final, el oficio va de equilibrio y de pasión, mucha pasión: atender bien, comprar bien, vender con criterio, lograr que el cliente vuelva, fidelizar, crear comunidad alrededor de una barra o un mostrador… y sostenerlo con números que permitan seguir abiertos dentro de cinco años. Lo demás es ruido.

El problema no es solo cuánto cuesta hoy un pintxo. El reto de verdad es que sigan existiendo bares, sidrerías, carnicerías y pescaderías con alma, producto y oficio mañana. Y entonces, la pregunta es sencilla: ¿es carero es el hostelero?…

07/03/2026