Aceptamos los términos y condiciones de uso sin leerlos, deslizamos el dedo por la pantalla para ver el contenido del móvil y disfrutamos de servicios que se jactan de ser gratuitos. Sin embargo, en el entorno digital, no hay nada gratis. El verdadero motor financiero de las grandes plataformas tecnológicas no son las suscripciones, sino el comercio de nuestra privacidad. Nuestros hábitos, gustos, miedos y rutinas diarias se han convertido en la materia prima más cotizada de un mercado que factura miles de millones al año.
Vista de una sala de un centro de datos.
Cuando pensamos en los datos que recopilan los móviles y las redes sociales, solemos pensar en lo más obvio: el nombre, el correo electrónico o la fecha de nacimiento. La realidad es muchísimo más profunda. La verdad es que las aplicaciones que llevamos en el bolsillo funcionan como sensores constantes que registran desde la ubicación exacta por la que paseamos hasta la velocidad con la que deslizamos la pantalla, el porcentaje de batería que nos queda o las redes Wi-Fi a las que nos conectamos.
Una radiografía exacta
Toda esta información es la que más valor tiene para las empresas y es uno de los sectores de negocio más importantes de estas entidades. Las empresas de análisis de datos las reúnen para trazar un perfil psicológico y de consumo sorprendentemente preciso. Saben a qué hora nos despertamos, si estamos buscando un nuevo empleo, nuestras afinidades políticas y si estamos pasando por un bache emocional. Esta información se empaqueta y se vende a anunciantes para diseñar campañas publicitarias hiperpersonalizadas, capaces de mostrarnos el producto idóneo en el momento exacto en el que somos más vulnerables a la compra. Al final, no solo pagamos con dinero, sino con una pérdida de nuestra autonomía e intimidad.
Las redes sociales
Las redes son las herramientas más eficientes para sacarnos nuestros datos personales de manera voluntaria. Cada interacción, por pequeña que parezca, aporta un dato más a nuestro perfil. Un “me gusta” en la foto de un amigo, el tiempo que nos detenemos a mirar un vídeo de cocina o las búsquedas que hacemos en nuestro navegador configuran un mapa de intereses que los algoritmos procesan y guardan de forma inmediata.
Cómo protegernos
Es fundamental retirar los permisos de localización, acceso a la cámara, a la agenda o al micrófono a todas aquellas aplicaciones que no los necesiten para funcionar. También es recomendable sustituir los navegadores convencionales por alternativas enfocadas en la privacidad, las cuales bloquean por defecto los rastreadores web y las cookies de seguimiento de terceros.
Recuperar el control de nuestra privacidad es una tarea compleja, pero aplicar una serie de medidas en nuestros dispositivos reduce mucho el volumen de datos que damos a las corporaciones. Dedicar unos minutos a configurar nuestra privacidad es una tarea que merece la pena y ayuda mucho a frenar la elaboración de perfiles comerciales. Tomar conciencia de que nuestra información tiene un valor enorme es el primer paso para navegar por la red de una forma mucho más libre y protegida.