El movimiento de Ter Stegen demuestra una vez más la sorpresa que genera entre los y las amantes del fútbol que un futbolista salga de la burbuja en la que viven, y priorice algo que aquellos obvian cuando piden un cambio de aires para sus ídolos deportivos; la familia.
El alemán debutó este lunes con su nuevo equipo, el Girona, tras unos meses convulsos en el FC Barcelona, club que decidió abandonar para tener minutos de cara al Mundial de 2026 y, al mismo tiempo, poder mantenerse cerca de su familia.
Su historia con el FC Barcelona es la de un bonito cuento con un horrible final. Considerado como uno de los mejores porteros de la historia del club azulgrana, el meta cosechaba numerosos títulos colectivos, a la par que se convertía en el mejor portero del mundo.
No obstante, fue una de las cabezas de turco de la crisis económica que atravesaba la entidad barcelonista. Según informaban diversos medios, el meta tenía un contrato muy elevado, con cifras que rondan los 42 millones de euros brutos por los tres años restantes de su vínculo hasta 2028, debido a los aplazamientos de pago que se realizaron en la época de la pandemia. Un verdadero drama, para un club asfixiado por las restricciones financieras de LaLiga.
El hecho de que el club intentara liberar espacio salarial para inscribir nuevos jugadores y, en ocasiones, diferir o reestructurar pagos del portero generó fricciones públicas y especulación en los medios. Ter Stegen se negó a renunciar a ninguna parte de sus ingresos pactados, incluso cuando el Barça trató de utilizar su contrato para equilibrar las cuentas con la llegada de nuevos porteros como Joan García y Wojciech Szczęsny.
Su bajo rendimiento, calificado por seguidores azulgranas como impropio para un jugador con una ficha tan elevada, junto a las tensiones con el club al negarse a firmar una baja médica —que acabó finalmente firmando—, para inscribir a Joan García, hicieron que la situación fuera insostenible. No quedaba ni rastro del legado de Marc.
La familia y el Mundial
La decisión de Ter Stegen de marchar al Girona fue una decisión deportiva y de vida. Tras su separación de Daniela Jehle en 2025, con quien estuvo más de trece años, el portero se enfrentó a la difícil tarea de reorganizar su día a día en torno a sus dos hijos.
Este caso también sirve para visibilizar una realidad poco tratada en el fútbol de élite: la dificultad de compatibilizar la paternidad con una carrera marcada por la exigencia constante y la movilidad permanente. En un entorno donde los traslados internacionales son casi automáticos y donde se asume que el jugador debe adaptarse sin cuestionar nada, el alemán decidió poner límites.
La custodia compartida y el deseo de estar cerca de ellos se convirtieron en una prioridad que, claramente, ha pesado más que cualquier oferta deportiva o económica.
Además de lo personal, existe un objetivo profesional que también estaba sobre la mesa: el Mundial de 2026. La llegada de nuevos porteros al Barça y su propia lesión habían reducido sus minutos de juego, poniendo en riesgo su posición como titular de la selección alemana. Julian Nagelsmann, seleccionador de Alemania, ya dio un aviso a navegantes en verano: "Si Marc vuelve a ser el portero titular de su club, sin duda podría ser nuestro primer portero porque se lo merece. Pero debe cumplir las condiciones necesarias, como cualquier otro jugador", comentó.
Ter Stegen en un entrenamiento con la selección alemana.
Un jugador acostumbrado a la élite del Barça, con contratos millonarios y una carrera consagrada, decidió que lo más importante era estar cerca de sus hijos, incluso si eso implicaba salir de la burbuja mediática en la que vive un futbolista top.
Además, el germano reconoció en su presentación con el Girona que la despedida del Barcelona fue “muy dura” y que aún le cuesta hablar de ello tras casi 12 años en el club, aunque ahora está “muy feliz” por la nueva etapa que comienza con ilusión y objetivos renovados.
Para él, Girona no es un paso atrás, sino una forma de conciliar la familia con la pasión por el fútbol y mantener viva la ilusión de vestir la camiseta de Alemania en el Mundial, donde siempre ha estado a la sombra de Manuel Neuer.
Más casos
A lo largo de la historia del fútbol ha habido diversos casos en los que futbolistas han priorizado el bienestar de su familia a un proyecto económico o deportivo beneficioso para ellos, tal y como son los casos de Ivan Rakitić y Wojciech Szczęsny.
En el caso del centrocampista croata, la influencia familiar ha sido constante a lo largo de su trayectoria. Rakitić llegó al Sevilla FC en 2011 y no tardó en echar raíces en la ciudad, donde conoció a su esposa, Raquel Mauri, con la que formó una familia.
Ivan Rakitić durante su etapa en el Sevilla FC.
Años después, tras su exitoso paso por el FC Barcelona, el propio jugador reconoció que su regreso a Sevilla en 2020 no respondía únicamente a razones deportivas, también buscaba un entorno donde él y los suyos se sintieran en casa.
Por su parte, Wojciech Szczęsny siempre ha sido transparente al hablar de la importancia de su entorno más cercano. El guardameta polaco ha insistido en varias ocasiones en que ninguna decisión importante la toma sin consultarla con su esposa, la cantante Marina Łuczenko, con quien tiene dos hijos.
Durante su etapa en la Juventus, Szczęsny priorizó la estabilidad familiar en Turín, rechazando cambios precipitados pese a rumores y posibles movimientos de mercado. Incluso cuando su futuro volvió a estar en el aire tras cambios en el proyecto deportivo del club, el portero dejó claro que el bienestar de su familia y la tranquilidad del día a día eran los factores determinantes para elegir los siguientes pasos en su carrera.
Estos tres ejemplos y muchos más han ayudado a humanizar a los jugadores de fútbol en un contexto en el que se les trata como personas ajenas a la sociedad y simples robots automatizados para hacer su profesión.
Algo que deja en evidencia que, en un deporte en el que se te mide por títulos, paradas o goles, también hay un rincón para tomar decisiones profesionales desde lo emocional.