Hoy quiero empezar el programa hablando de algo incómodo; algo que quizás te afecta a ti y me afecta a mí, algo de lo que se habla poco, pero que está presente en muchas de las decisiones que tomamos con nuestros perros. Me refiero a nuestro ego.
Se repite hasta la saciedad que el perro es el mejor amigo del ser humano, pero, siendo francos, muchas veces no lo tratamos como un amigo, sino como si fuera un espejo. Un espejo donde proyectamos nuestras expectativas, nuestras frustraciones y, a veces, nuestras ansias de demostrar algo.
Pienso, por ejemplo, en un mundo que conozco bastante bien: el de los deportes caninos. Soy un convencido de que son una inmensa fuente de felicidad para los perros. El deporte en sí no es el problema; puede ser enriquecedor, divertido e incluso terapéutico para muchos perros.
El riesgo puede aparecer cuando olvidamos algo fundamental: el perro no elige el deporte. Al perro no le importan las puntuaciones, no le aporta nada un podio ni la clasificación, no sueña con ganar un campeonato ni con colgar una medalla en el salón. Eso solo nos importa a nosotros, a nuestro ego.
Al perro solo le importa si hay juego, conexión, seguridad, coherencia, comunicación, equipo y vínculo. Cuando el objetivo deja de ser compartir y pasa a ser demostrar, corremos el riesgo de que el perro deje de ser nuestro compañero para convertirse en una triste herramienta para fortalecer nuestro ego.
Y ahí pueden empezar los problemas: la presión, la frustración mal gestionada y, en el peor de los casos, el castigo disfrazado de disciplina.
Esto se ve claro en la convivencia con algunos de los llamados "perros difíciles". Perros intensos, sensibles, reactivos; perros inteligentes que no encajan en el molde del perro cómodo y previsible. Y aquí se pueden tomar dos caminos.
El primero es intentar rebajar al perro al nivel de conocimientos y capacidades del humano: eliminar sus conductas, sus tendencias, tratar de suprimir sus emociones, buscar control y obediencia absoluta como solución a todo. Llevado al extremo, este es el camino rápido, el que protege nuestro ego, porque así el problema siempre es del perro.
Pero hay un segundo camino; es más incómodo, pero también más honesto con el perro. Hablo de potenciar la capacidad del humano para estar a la altura de la grandeza de su perro. Formarse, cuestionar creencias, aprender, mejorar, aceptar que no sabemos tanto como creíamos. Un camino que exige humildad, y el ego no suele llevarse bien con la humildad.
Porque cuando elegimos crecer nosotros, en lugar de empequeñecer a los perros, todo cambia a mejor.