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Una empresa de mudanzas, un masajista, un podólogo, una fontanera… Kira Sultanova y Ainhoa Abendaño, trabajadoras de la fundación Ellacuria en el programa Loturak -que promueve la acogida de personas migrantes y refugiadas-, comenzaron a observar a distintos profesionales que, puntualmente, querían echar una mano a otras personas sin recursos. “La gente se nos acercaba y nos decía: ¡contad conmigo!”, comenta Ainhoa. Esta educadora social recuerda el caso concreto de una mujer migrante que tenía una contractura y a quien pusieron en contacto con un especialista para que pudiera ofrecerle dos sesiones gratis de fisioterapia. La cadena solidaria, espontánea e informal, fue la chispa que propulsó la creación de la red Beroki, un nuevo proyecto de carácter altruista que invita a profesionales y empresas “a ofrecer su experiencia, oficio o tiempo durante dos horas al mes a personas migradas y refugiadas en su proceso de incorporación social”.
Hostilidad versus hospitalidad
En una época marcada por la hostilidad y la persecución al diferente, Ainhoa Abendaño prefiere poner el foco en la hospitalidad que también se produce alrededor del fenómeno migratorio. “Nosotras nos encontramos con mucha gente a la que le gustaría que sus pueblos fueran lugares de convivencia y que quieren construir ciudadanía de una manera integradora”, asegura. Para Abendaño, esta es “otra manera de hacer política, aportando un granito de arena para que las cosas puedan ser mejores”. La experiencia, añade, demuestra que cuando de verdad se conoce a alguien “se genera una cercanía y se quitan miedos y prejuicios”, abriendo así las puertas a la construcción de una comunidad tolerante. Kira, que también ha vivido y trabajado en Catalunya en el ámbito social, es de la misma opinión: “Siempre hay personas que están dispuestas a colaborar y cambiar las cosas”.
“Nos parecía enriquecedora la idea de crear una red de este tipo por las experiencias puntuales que estábamos viendo a nuestro alrededor”, explica Ainhoa. Esta iniciativa pionera, lanzada por la fundación Ellacuria con ayuda de fondos europeos, se acaba de poner en marcha en Durango con la idea (y esperanza) de que en un futuro pueda extenderse a los otros tres territorios de la CAV. Todavía es pronto para extraer los primeros resultados y sacar unas consecuencias claras. La prueba piloto aún está en fase de implantación y seguramente todavía falten algunos flecos por perfilar. Se espera que la iniciativa vaya cuajando poco a poco entre los vecinos del municipio para poder tejer más redes de colaboración entre la población local y foránea.
Los servicios ofrecidos incluyen podología, cortes de peluquería, sesiones de fisioterapia, empastes dentales, ocio y tiempo libre, además de mudanzas, asesoría, pequeños arreglos… La lista es tan larga como variada. Todo ello se organiza a través de la plataforma digital beroki.org, “que permite al voluntariado ofrecer sus servicios y ser contactados cuando haya demanda, sin presiones ni agendas complicadas”. Lo de las dos horas mensuales es un número orientativo. Pueden ser tres, cuatro, cinco o una hora. No hay un tiempo mínimo ni máximo que cumplir en cada servicio concreto. La flexibilidad horaria es total, recuerdan sus promotoras, y, en todo caso, debería adaptarse a las necesidades y capacidades de ambas partes.
“Es algo simbólico”, afirma Kira, integradora social de origen ruso que vive actualmente en Bilbao. Para ella, lo más importante de todo esto es que “mientras las empresas pueden seguir con su actividad con normalidad, las personas que reciben servicios ven cómo mejora su calidad de vida. Marca una diferencia en el día a día de alguien que acaba de llegar”.
La primera parada
Con 30.000 habitantes, de los cuales alrededor del 11% proceden de otros países, Durango ha sido el municipio de Bizkaia elegido por la fundación Ellacuria para la puesta en marcha de la red Beroki. La elección de la villa no es casual. Con un tamaño mucho más manejable que Bilbao, la organización conoce bien la realidad social duranguesa y la situación de los migrantes sin recursos. Ainhoa Abendaño y Kira Sultanova sabían que algunos vecinos ya estaban echando una mano a gente de otros lugares. Detectaron carencias en el aprendizaje del euskera o con la atención bucodental entre la población adulta. Asimismo, tuvieron constancia de alguna “mala experiencia” sufrida por personas extranjeras al entrar a un comercio. Con Beroki dando sus primeros pasos, quieren darle la vuelta a la tortilla. Primera parada en Euskadi, Durango.
La importancia de hacer red
Beroki no es solo una manera de poner en contacto a unas personas con otras. En el fondo, se trata de algo más amplio: crear comunidad entre vecinos de orígenes diversos en un contexto, además, viciado por una ola xenófoba que recorre el mundo. “El proyecto pretende aportar un valor añadido, apostando por la transformación social en una sociedad más justa y comprometida con los derechos humanos”, define Kira. En esta línea, Ainhoa hace hincapié en que le gustaría encontrar “miradas amigas” hacia las personas migradas y refugiadas que desconocen “nuestra cultura” y donde todo es nuevo. “Parece que siempre hay que hacer un trueque, pero también estamos hablando de algo tan sencillo como entrar a una panadería y que te atiendan con cariño y paciencia”. Dicho de otro modo, impulsar “espacios amables” con las personas recién llegadas a Euskadi.
“Va más allá de que un comercio decida participar unas horas en labores de voluntariado”, tercia Kira, ya que “recibir a alguien en tu local sin prejuicios y de manera abierta, también suma”. Es una forma de decir que “eres bienvenido” en el pueblo y que no se te va a “juzgar” por tu origen, religión o color de piel. Una persona que ya ha sido beneficiada con uno de los servicios de Beroki lo resume de la siguiente manera: “Ha hecho que me sienta acogida y ayudada en un lugar completamente desconocido para mí”.