Cuando recientemente Gabriel Rufián lanzó la idea de conformar una alianza plurinacional de fuerzas a la izquierda del PSOE, tanto de ámbito estatal como local, para aglutinar el poder electoral disperso en multitud de siglas con la idea de “hacer algo” para reforzar el dique de contención que frene el temporal de ultraderechismo que ya se ve venir, podía imaginarse que, por muy bien intencionada que fuera su propuesta, iba a tener un recorrido muy escaso, por no decir nulo. La historia no se cansa de demostrar que hacer confluir a todo ese corpus ideológico en un proyecto común es casi una misión imposible, por muy crítica que sea la situación contra la que está llamado a combatir.
Como era de esperar, una lluvia de calabazas ha caído sobre el político catalán, empezando por las de su propio partido. ERC no ha tardado en desmarcarse de la iniciativa de su portavoz en el Congreso de los Diputados, del mismo modo que lo han hecho Bildu y BNG. Pese a que estas tres fuerzas concurrieron juntas en las últimas elecciones europeas, en las que hay una circunscripción única para todo el Estado, en este caso apuestan por sus proyectos particulares y por defenderlos con sus propias fuerzas.
La acogida ha sido similar entre las formaciones estatales que, en su día, nacieron como intentos más o menos fructíferos de aunar fuerzas a la izquierda del PSOE para ganar en influencia y promover políticas progresistas. La más veterana de ellas, Izquierda Unida, ha sido la más contundente a la hora de rechazar la fórmula que, aunque ha recibido buenas palabras de algunos componentes de Sumar y Podemos, no cuenta con el beneplácito de dichas organizaciones, que se remiten a sus propias maniobras por forjar ententes más amplias. Sigue vigente la maldición de la izquierda cainita, víctima de su proverbial incapacidad para dirimir con racionalidad sus diferencias. Intentos ha habido unos cuantos, con algunos éxitos puntuales, pero con una notable falta de consistencia.
Semana interesante
El revuelo por la propuesta de Rufián se avivará la semana que viene con dos actos esperado. El miércoles 18, el político catalán y el miembro de Más Madrid Emilio Delgado intervendrán en un coloquio sobre los retos de la izquierda. Por su parte, el Movimiento Sumar, IU, Más Madrid y los comunes celebrarán el sábado 21 el acto de refundación de la coalición Sumar para las próximas generales bajo el lema Un paso al frente, al que han invitado a todas las fuerzas de la izquierda “plurinacional y transformadora”.
Frente Popular
Si hay una referencia por antonomasia para las alianzas de izquierdas, esa es la del Frente Popular durante la Segunda República, ganador en febrero de 1936 de las últimas elecciones democráticas previas a la rebelión franquista a la que combatió, sin éxito, desde el Gobierno. El aura mítica que le dan las circunstancias trágicas que tuvo que capear no oculta las graves dificultades que se dieron tanto en su formación como en su posterior acción ejecutiva. En ese frente sí estaba el PSOE, escaldado de la experiencia de 1933, cuando decidió abandonar su entente con los republicanos de izquierdas para ir a las urnas en solitario. Esa desunión facilitó el acceso al poder de la derecha, que en el llamado bienio negro arrasó con todos los avances sociales implantados desde la proclamación en 1931 de la Segunda República.
Precisamente, restaurar aquellas reformas truncadas y aplicar la amnistía a los presos políticos de la salvajemente reprimida Revolución de Octubre de 1934 fueron los objetivos fundamentales que concitaron la confluencia de intereses reflejada en el Frente Popular. Junto al PSOE, integraban aquella coalición el PCE, el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), Izquierda Republicana y Unión Republicana, entre otros partidos. El triunfo en las urnas no hizo que se desvanecieran las reticencias y rencillas entre los componentes de la entente, lo que llevó a las formaciones obreristas y revolucionarias a dejar de inicio las responsabilidades de gobierno en los reformistas republicanos -la Izquierda Republicana del presidente Manuel Azaña y la Unión Republicana-. Solo ya iniciada la Guerra Civil entrarían a formar parte del Ejecutivo, entre otros, el PSOE y el PCE.
Estos dos partidos serían los que, tras un largo periplo de cerca de cuarenta años, coparían el voto izquierdista en las elecciones generales de 1977, las primeras tras la muerte del dictador Franco. Especialmente lo hizo el PSOE, que con Felipe González al frente alcanzó los 118 diputados, solo por detrás de la UCD de Suárez y muy por encima de los 20 escaños que logró un PCE que, legalizado apenas dos meses antes de los comicios, no pudo capitalizar en las urnas, bajo el mando de Santiago Carrillo, el marcado liderazgo ejercido en la oposición al franquismo durante las décadas anteriores.
Unidad Socialista y Frente Democrático de Izquierdas
Al margen de estas dos grandes fuerzas, existían en el ámbito de la izquierda infinidad de pequeños grupos que también quisieron celebrar el retorno de la democracia. Un puñado de ellos, agrupados en la Federación de Partidos Socialistas (FPS), se integraron en la coalición llamada Unidad Socialista junto al Partido Socialista Popular (PSP) que encabezaba Enrique Tierno Galván, posteriormente alcalde de Madrid. El ensayo no dio los frutos esperados al obtener una exigua representación de seis escaños. Al año siguiente, tanto el PSP como la mayoría de las formaciones federadas en la FPS se integraron en el pujante PSOE.
Peor resultado aún tuvo otra amalgama de izquierdas, en este caso forzada porque estaba compuesta fundamentalmente por partidos marxistas-leninistas que aún seguían en la ilegalidad. En el Frente Democrático de Izquierdas (FDI) encontraron el paraguas para presentarse a las elecciones de 1977 el Partido del Trabajo de España, Unificación Comunista de España o el autodeterminista Partido de Unificación Comunista de Canarias. Fue respaldado por los herederos de los históricos Izquierda Republicana y Unión Republicana, pero no consiguió representación en el Congreso, más allá del escaño que ocupó Heribert Herrera bajo las siglas de ERC con el apoyo del FDI.
Ni la Unidad Socialista del PSP ni el FDI concurrieron a las elecciones de 1979, las segundas de la democracia y las primeras tras la aprobación de la Constitución. Así, a la izquierda del PSOE se quedó prácticamente solo un PCE que experimentó un leve repunte -23 escaños-. Lejos de ser el inicio de una remontada, supuso el canto del cisne del histórico proyecto comandado por Carrillo. En 1982, se vio fagocitado por un PSOE que ganó por mayoría absoluta con un récord de 202 diputados que sigue vigente 44 años después. El PCE no arañó más que cuatro escaños, pasando de ser la tercera fuerza en número de diputados a la sexta, con la mitad de diputados que el PNV. Carrillo, que ya venía siendo discutido por muchos sectores dentro del partido, dimitió como secretario general.
Izquierda Unida
Su sustituto en el cargo, Gerardo Iglesias, impulsó cuatro años después la fundación de Izquierda Unida (IU), que este año cumple su 40 aniversario, lo que le convierte de largo en la más longeva de las federaciones de partidos de izquierdas en el Estado. De la mano del líder asturiano, el PCE se implicó de lleno en un proyecto que nació en 1986 como coalición electoral para, seis años después, transformarse en federación de partidos. La oposición a la entrada de España en la OTAN, aprobada en referéndum precisamente en marzo del 86, fue el germen de esta confluencia, a la que se sumaron de inicio también el Partido de Acción Socialista (PASOC), el Partido Comunista de los Pueblos de España y la Federación Progresista, entre otros, junto a fuerzas como el Partido Humanista y el Partido Carlista, que sería expulsadas posteriormente.
Julio Anguita, figura clave en los casi 40 años de existencia de Izquierda Unida.
Tras debutar en las elecciones de junio del 86 con siete diputados, tres más que los que tenía en la anterior legislatura el PCE, el proyecto va cogiendo consistencia. Tres años después, en los comicios adelantados de octubre de 1989, se propulsa hasta los 17 escaños y pasa a ser la tercera fuerza política más votada. Para entonces ya estaba al frente de IU Julio Anguita, quien había cogido poco antes el testigo de Gerardo Iglesias tras su inesperada retirada de la política. Bajo el mando del andaluz, el PCE ahonda en su integración en IU al depositar gran parte de su soberanía en los órganos propios de la coalición, la cual sigue creciendo electoralmente en las generales de 1993 (18 diputados) y en las de 1996, en las que alcanza su techo con 21 asientos.
Pese a esos buenos resultados, por dentro, las tensiones eran muy acusada. La férrea oposición de Anguita a pactar con el PSOE generó una contestación galvanizada por la corriente Nueva Izquierda, que acabaría siendo expulsada de IU y con sus miembros incorporándose a las filas socialistas. Esas guerras intestinas y los problemas cardiacos aceleraron la salida del dirigente cordobés y con ello, el final de la etapa dorada de IU, que en las elecciones del 2000, con Francisco Frutos a la cabeza, perdía 13 escaños hasta quedarse en solo ocho. Era el inicio de un marcado declive, que le llevaría a perder otros seis diputados en las dos siguientes generales (3 en 2004 y otros 3 en 2008) y acabar con dos. Proyectos como Refundación de la Izquierda o La Izquierda Plural, bajo la dirección de Cayo Lara, acumularon fuerzas dispersas en infinidad de movimientos locales dieron aire a IU, que repuntó hasta los 11 diputados en 2011. Cuatro años después, Alberto Garzón repite una fórmula similar con la Unidad Popular, pero la brutal irrupción de Podemos con 69 escaños devuelven a IU a su mínima representación de dos diputados. En las siguientes elecciones, celebradas solo seis meses después por la imposibilidad de constituir un gobierno, IU concurriría ya como parte de Unidas Podemos, lo que haría hasta pasarse a Sumar.
Unidas Podemos
Podemos había nacido de pie. El proyecto político, que bebía del manantial de indignación que brotó en 2011 con el movimiento 15M, se presentó en enero de 2014 en el humilde teatro madrileño de Lavapiés y solo cuatro meses después se convertía en el cuarto partido más votado del Estado en las elecciones europeas, en las que se llevó cinco escaños y casi el 8% de los sufragios. Año y medio más tarde, se estrenó en las generales logrando 69 diputados y más del 20% de los votos, resultado que incluso mejoró –logró 71 escaños- en la repetición electoral de junio de 2016. Ahí tocó techo. Tras apoyar la moción de censura a Mariano Rajoy que propició el retorno del PSOE a la Moncloa de la mano de Pedro Sánchez, bajó a 42 diputados sumando los de las coaliciones comunes. El líder de Podemos, Pablo Iglesias, inició con Sánchez unas negociaciones para formar gobierno que no fructificaron, lo que llevó a otra jornada de urnas siete meses después. En noviembre, siguió con su descenso -35 escaños-, pero esta vez sí hubo acuerdo y finalmente, por primera vez desde la Segunda República, entraron en el Ejecutivo representantes de una fuerza a la izquierda del PSOE: Iglesias como vicepresidente segundo y Yolanda Díaz, Irene Montero y Alberto Garzón al frente de diferentes ministerios.
Pablo Iglesias, primer secretario general de Podemos.
El desgaste de la fórmula morada se hizo aún más patente en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, donde experimentó un fortísimo retroceso. A la vista de ello, aceptó integrarse en la nueva plataforma Sumar impulsada por Yolanda Díaz de cara a las elecciones que se celebraron solo dos meses después. La no inclusión como ministra de Igualdad de Irene Montero por parte de Sumar en sus negociaciones con el PSOE para la formación de un nuevo Gobierno acabaron con la salida al Grupo Mixto en el Congreso de los diputados de Podemos, fuerza que acaba de recibir otro duro revés al perder el único escaño que tenía en las Cortes de Aragón.
Sumar
Tampoco están para echar cohetes en Sumar, que en Aragón ha salvado por los pelos el asiento en las Cortes que antes ocupaba Izquierda Unida. El movimiento nació ya bajo el signo de la división, pues surgió a iniciativa de Yolanda Díaz después de que esta cogiera el testigo al frente de la coalición Unidas Podemos a raíz del abandono de la política institucional por parte de Pablo Iglesias. Pocos meses después, la dirigente gallega anunció su intención de crear una nueva plataforma política, que inscribió en 2022 y presentó un año después en sociedad, a tres meses y medio vista de unos nuevos comicios generales. Unidas Podemos, que inicialmente no respaldó la iniciativa de Díaz, se sumó a la veintena de fuerzas (como Izquierda Unida, Más País, Más Madrid, Chunta Aragonesista, Batzarre o Compromís, entre otras) que conformaron una amplia coalición electoral. Pero las desavenencias no tardaron en manifestarse. Los resultados de las urnas en julio de 2023 no satisficieron las expectativas depositadas. Los 31 escaños, menos que los logrados cuatro años antes por Unidas Podemos y sus socios, hicieron que Ione Belarra criticara la invisibilización de la formación morada como causante del fiasco.
Yolanda Díaz lidera Sumar, formación que forma gobierno con el PSOE.
El conflicto posterior por la exclusión de Irene Montero de la lista de ministrables dinamitó definitivamente los endebles puentes existentes entre Podemos y Sumar, que aprovechó la necesidad imperiosa del PSOE, segunda fuerza tras el PP de Feijóo, para incluir en el Ejecutivo de Sánchez a Yolanda Díaz como vicepresidenta y a otros cuatro representantes de la coalición como titulares de otras tantas carteras. Quizás esa desunión influyó en los malos resultados en las elecciones europeas de 2024 que provocaron oficialmente la dimisión como coordinadora general de Sumar de Díaz, aunque sigue ejerciendo un liderazgo indiscutible en la formación. Los sondeos de cara a unas próximas elecciones generales no son nada halagüeños y apuntan a que podría perder prácticamente un tercio de los 31 escaños obtenidos en 2023 en sociedad con Podemos.
Más desavenencias
Como se puede comprobar, no es fácil la vida para las alianzas de izquierda en el Estado español. Aunque tengan sus momentos de gloria, suelen acabar diluyéndose por muchos factores. Entre los principales están las propias rencillas que dificultan su unidad de acción y que son el pecado en el que llevan la penitencia del desapego del electorado, que busca proyectos cohesionados. Las críticas de la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, a los socios del PSOE por su incondicional apoyo a Sánchez, y su petición de respeto a Rufián por aludir a Podemos como “un producto de la Universidad Complutense de Madrid” no son un buen síntoma. Tampoco que, mientras Sumar mueve ficha para arrebatarle la iniciativa al portavoz de ERC y llevar la voz cantante del proceso, se hable más de quién va a liderarlo, con Yolanda Díaz en boca de muchos. Es una lucha contra la historia.