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Con más de tres décadas de trayectoria vinculada al Partido Popular, Alfonso Fernández Mañueco se ha convertido en los últimos años en una de las figuras clave de la vida política de Castilla y León y de su partido en el conjunto del Estado. Las urnas le han deparado una gran ocasión para revalidar su tarjeta de ganador, pero se ha quedado corto en votos. De momento ha salvado los muebles, pero no ha logrado librarse de Vox, cuyos votos serán cruciales para la investidura, si no quiere pasar por el vía crucis de sus compañeros en Extremadura y Aragón.
El presidente de la Junta castellanoleonesa repetía por tercera vez como candidato a la presidencia, cargo que ocupa desde 2019, a la espera de ver si es capaz de ser investido para un nuevo mandato. Mañueco es uno de los barones territoriales del PP con mayor continuidad institucional. Su hoja de servicios es extensa, desde sus primeros pasos en la política municipal hasta su cargo actual de presidente de la Junta.
Nacido en Salamanca en 1965, fue tempranero a la hora de emprender su carrera política. Sus primeros pasos los dio con solo 18 años afiliándose a Nuevas Generaciones. Tras diez años militando en las juventudes del PP ascendió hasta la secretaría general de su partido en la provincia que le vio nacer. Sus ocho años al frente del PP salmantino le consolidaron en el aparato político a nivel territorial, apuntando maneras y vocación para ascender a cotas superiores, sobre todo el liderazgo del partido y la presidencia del gobierno de su tierra.
Para lograrlo tuvo que transitar por otros foros de poder. Primero, en el ámbito local. Así, en 2011, dio su primer gran salto y logró cumplir su ambición secreta y fue investido alcalde de Salamanca tras ganar las elecciones, cargo que revalidó cuatro años después. Ya entonces demostró que manejaba bien el palo y la zanahoria y sobre todo la ambición y la supervivencia. Su olfato político y su paciencia son sus mejores armas para medrar
No pasó inadvertido un episodio definitorio de su personalidad y carácter al negarse en repetidas ocasiones a retirar el medallón con la cara de Franco que había en la Plaza Mayor de Salamanca. Pasó por encima de la ley y de la conciencia democrática y mantuvo por sus bemoles, y sus querencias, el medallón franquista hasta seis años después cuando fue retirado tras una resolución de la Junta.
No completó la legislatura y en 2018 renunció a la alcaldía para centrarse en su candidatura a la presidencia de la Junta en las autonómicas de 2019. Para entonces ya se había ganado la fama de que hacía y deshacía todo en el partido y de que controlaba los resortes internos, hasta las bisagras y las tuercas del partido. Todo pasaba, y pasa, por sus manos y, como buen martillo, remachaba, y remacha, todos los clavos para que la jerarquía esté bien fijada.
Mañueco, al frente del PP de Castilla y León desde 2017, ha medido este domingo su respaldo en las urnas tras una legislatura tensa marcada por pactos parlamentarios, sobre todo con Vox. Comparte con sus compañeros de Extremadura y Aragón su aspiración de que las urnas le favorecieran y que su dependencia de Vox se reduzca. No ha sido así, y el PP queda aún más atado al partido ultra.
Además, no podrá mirarse en el espejo extremeño ni en el aragonés donde ni Guardiola ni Azcón han logrado hasta el momento (y han pasado muchas semanas y meses) bajar del caballo a un crecido Abascal. Muy al contrario, el partido de ultraderecha ha salido fortalecido de las urnas en ambos territorios y a fecha de hoy ninguno de los dos ha sido capaz de conformar gobierno. Mañueco se arriesga a probar en sus carnes un escenario parecido. Y todo apunta a que los de Santiago Abascal venderán caro su apoyo a la investidura de Mañueco.
Parece inevitable que deberá pactar con Vox para mantenerse al frente de la Junta. Ya lo hizo en 2019 –entonces fue suficiente la abstención de los de Abascal– y también en 2022, con una alianza en toda regla que luego se resquebrajó. Mañueco también ha recurrido a Ciudadanos para mantenerse: lo hizo en 2015 para retener la alcaldía en su ciudad, y lo volvió a hacer en 2019 con el mismo partido, ya desaparecido del mapa, con los doce votos del partido liderado por Francisco Igea. El fin justifica los medios.