Polideportivo

Un Quijote anuncia a Kooij

Veistroffer protagoniza una fuga maratoniana antes del esprint desmadejado de Pau, donde vence el velocista neerlandés en la antesala de los Pirineos y el Tourmalet
El ciclista neerlandés Olav Kooij, vencedor en Pau. / LE TOUR/A.S.O.

Hace cinco meses, en Omán, el 8 de febrero, Baptiste Veistroffer entró en otra dimensión recorriendo el desierto como un desesperado.

Acompañado por su sombra, el francés masticó, quijotesco, loco maravilloso, 193 kilómetros para imponerse en la segunda jornada del Tour de Omán.

Lo suyo fue el sueño de una mañana de invierno que en el desierto de Omán equivale al sueño de una noche de verano.

En el lugar de las fantasías, de las mil y una noches, frotó la lámpara del genio Veistroffer. El francés fue un acto revolucionario, un asalto a la bastilla del sentido común.

En julio, en el Tour, en las carreteras secundarias, la temperatura desértica, el bretón emprendió otra aventura a ninguna parte. Gloria y honor.

Después de cuidar a su compañero Arnaud de Lie, que tuvo que abandonar la carrera el martes horadado por el dolor, el padecimiento y la impotencia, Veistroffer, atado a su montura, una Orbea, soldado a una ilusión, se encorajinó para recorrer la lengua de asfalto ajado, llameante, hacia Pau.

El Tour que enajena el calor, sumó otro voluntario para transportar la antorcha de la esperanza. Veistroffer era un plano secuencia de una lucha imposible. Conmovedor su esfuerzo. 143 kilómetros. Más de tres horas en solitario. Maravillosa su historia.

Poderoso Kooij

El destino señalaba el esprint, donde se impuso con enorme autoridad Olav Kooij, tan rápido en el duelo de la velocidad que venció escapado. Rayo, trueno y centella. La tormenta perfecta para bramar su primera victoria en la carrera francesa.

El esprinter neerlandés agitó el burbujeante champán en un esprint agitado, estresante y sin demasiada ortodoxia por el caos que se produjo en la bocana de Pau, donde una caída pinzó a Oldani y Molenaar, dolorido en el suelo, entre otros. El neerlandés se fracturó el primer metacarpiano de la mano derecha y no saldrá este jueves.

Además, descompensó al Soudal, la coreografía de Tim Merlier, tercero al final. Philipsen apenas pudo ser quinto.

Max Kanter fue segundo, pero lejos de Kooij, un buscavidas sin más apoyo que su propia fe y las piernas repletas de energía en el territorio del riesgo. El neerlandés, que sabe que el equipo gira alrededor de Seixas, fue un satélite. Un radical libre.

Culebreó en las tripas del esprint y cuando estalló, retumbó con fiereza una victoria magnífica, la 51ª de su palmarés. Kooij era un guepardo suelto. Depredador.

Encabezó, pose animal, el debate para posar con una sonrisa y un grito que recorrió el callejero de Pau. Su bautismo en Francia. A toda velocidad. Completó el úlitmo kilómetros a una media de 68,7 kilómetros por hora.

La voz autoritaria del neerlandés sirvió para cerrar un día donde el coraje se posó sobre los hombros de Veistroffer, dispuesto a completar una odisea. Al francés errante, la carretera desnuda, el todo por delante, no le asustó ni le arrugó. Conservaba intactas las memorias de Omán.

Baptiste Veistroffer, en fuga. LE TOUR/A.S.O.

Refractario al sentido común, se zafó de las creencias y el destino. Los dioses romanos no se atrevían a alterar el destino (los egipcios eran más benevolentes y susceptibles a pequeñas variaciones).

Los seres humanos tienen tendencia a creer que pueden alterar el rumbo de la historia o las leyes de la física. Ahí reside parte de la grandeza y del progreso.

Veistroffer, un acto de fe en si mismo, rodaba con esa imaginación intacta de la infancia que se sube a una bicicleta y pedalea hasta no sé sabe dónde ni por qué. El motivo responde a una fuerza interior que se asienta en lo instintivo.

El empeño

El galo, que se incorporó al profesionalismo hace tres años, era el fulgor, la oda al ciclismo más puro, el verso libre que no atiende a los consejos. Poeta y bohemio. Escuchaba a su voz.

Cuando venció en Omán después de digerir 193 kilómetros en solitario, dijo que “me gusta hacerlo duro y largo. El ciclismo a veces es aburrido, y no me gusta estar aburrido en el pelotón. Me gusta empujar, trabajar para el equipo... lo que me pidan”.

El aburrimiento procura hastío, somnolencia, queja y otras sensaciones de incómodas, pero también ideas geniales y ocurrencias. Veistroffer decidió dejarse llevar por la atracción de la carretera a modo de aquellos muchachos de la Generación Beat que retrató Jack Kerouac En el camino.

Para evitar el tedio, impulsado por una voluntad inquebrantable, férrea, el francés se puso una joroba de hielo en la nuca que mitigara los estragos del calor que tiene atrapado al Tour.

No le asustaba la soledad. Tampoco la distancia. El pasado noviembre pedaleó durante tres semanas en Tailandia para conocer el país con las alforjas repletas de curiosidad.

El francés contravino todos los manuales de estilo que rigen en la alta competición. Se encaró con ellos. Cuando Veistroffer expresó su rebeldía con la agitación de la bandera de salida, el pelotón, que pensaba en el esprint, elevó un ceja de condescendencia.

Tour de Francia

Quinta etapa

1. Olav Kooij (Decathlon) 3h29:07

2. Max Kanter (Astana) m.t.

3. Tim Merlier (Soudal) m.t.

4. Huub Artz (Lotto) m.t.

5. Jasper Philipsen (Alpecin) m.t.

6. Biniam Girmay (NSN) m.t.

7. Mads Pedersen (Lidl) m.t.

68. Ion Izagirre (Cofidis) m.t.

83. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 47’’

144. Alex Aranburu (Cofidis) a 2:35

General

1. Torstein Træen (Uno-X) 16h32:07

2. Sean Quinn (Education First) a 28’’

3. Mathias Vacek (Lidl) a 3:50

4. Tadej Pogacar (UAE) a 7:53

5. Jonas Vingegaard (Visma) m.t.

6. Ramses Debruyne (Alpecin) a 8:06

7. Remco Evenepoel (Red Bull) a 8:16

30. Ion Izagirre (Cofidis) a 13:28

80. Alex Aranburu (Cofidis) a 39:55

117. Xabier Mikel Azparren (Q 36.5) a 49:50

El engranaje de los equipos de los velocistas frente a un hombre solo. Juego de niños. O no. El francés no tenía ninguna intención de dimitir. Les exigiría al máximo. Más hielo. Es la guerra.

Después de 130 kilómetros en fuga, la Côte de Baleix era un coloso infinito para el francés. Paret-Peintre, Wrigth y Asgreen fueron en su busca. El grupo les veía estirando la vista unos metros. Absorbieron a todos antes de acceder al callejero de Pau.

Quienes no tenían intención de entrar en la rueda del esprint, trataron de ahorrar energía al máximo, mantenerse en un duermevela, en letargo.

A la espera de los Pirineos

Después de cuatro jornadas adrenalíticas, que exudaban frenesí, y con el desafío pirenaico, Tourmalet mediante, de la siguiente jornada en el horizonte y en la mente, se impuso la respiración lenta.

Laminados los físicos y ante la perspectiva de una etapa montañosa que puede ser una autopsia que evidencie los apuntes que ha dejado el Tour entre los jerarcas, con Pogacar luciéndose, la prudencia marcaba el paso. Torstein Træen, el líder, se instaló en la comodidad.

Las cumbres de los Pirineos, una etapa con las subidas a Côte de Loucrup, Côte de Mauvenzin, Col d’Aspin (12 km al 6,5&), la aparición del mítico Tourmalet (17,1 km al 7,3%) y la ascensión final a Gavarnie Gèdre (18,7 km al 3,7 %) determinarán el futuro inmediato del Tour para los patricios, que no podrán esconderse después de que un Quijote anunciara a Kooij.

08/07/2026