Del pretendido "asalto a los cielos" al que, parafraseando a Karl Marx, aludió Pablo Iglesias como objetivo de Podemos en una Asamblea celebrada en octubre de 2014, solo unos meses después de su fundación como partido, este ha pasado, en poco más de una década, a verse en la necesidad de pelear por su pura supervivencia. Los resultados cosechados en las últimas citas autonómicas con las urnas, especialmente el tremendo batacazo sufrido hace un par de semanas en Castilla y León, donde se han quedado fuera de las Cortes, confirman una imparable caída al vacío. Los números no engañan: de los 19 parlamentos locales del Estado español –incluidas las asambleas de Ceuta y Melilla-, en 13 ya no cuenta con representación. En este contexto, el acto conjunto programado para el próximo 9 de abril con la presencia de Irene Montero, y Gabriel Rufián, adalid de la unidad de la izquierda plurinacional para hacer frente al auge de la ultraderecha, deja entrever que en la formación morada intentan mover ficha para evitar una sangría que podría abocarles al mismo destino que ha corrido Ciudadanos, aquel otro partido que abanderó junto a Podemos la nueva política llamada a acabar con el bipartidismo y del que ya, desaparecido del mapa político, apenas queda un recuerdo borroso.
En su primera participación en unas elecciones generales, en diciembre de 2015, aquel pujante movimiento que enarbolaba el espíritu indignado del 15M aportó 42 diputados al mejor resultado histórico de la izquierda alternativa, que alcanzó los 69 con la suma de los 12 obtenidos en Catalunya por En Comú Podem, los 9 de Compromís en Valencia y los 6 de En Marea en Galicia. Unos números solo mejorados por los de la repetición electoral a la que, seis meses después, obligó la incapacidad de Mariano Rajoy para conformar Gobierno. Entonces, la coalición liderada por Pablo Iglesias, en la que también se integró Izquierda Unida, se elevó hasta los 71 escaños. Incluso llegó a ser la fuerza más votada en la Comunidad Autónoma Vasca por delante del PNV, lo que era una buena muestra de su empuje. Aquel ambicioso asalto a los cielos no parecía ya algo tan utópico.
Pero ahí tocó techo Podemos. A partir de entonces, inició un largo descenso, lo que no impidió que, paradójicamente, alcanzara sus mayores cuotas de poder. La moción de censura planteada por el PSOE que respaldó para desbancar a Rajoy abrió la era como presidente de Pedro Sánchez, quien se apoyó en los morados para mantenerse al frente del Ejecutivo. Tres años después de su explosiva irrupción en el Congreso, rebajaron su presencia a 33 escaños, en primera instancia, y a 26 en segunda, después de que el fracaso inicial de las negociaciones con los socialistas para formar el Ejecutivo llevara de nuevo a una repetición de los comicios. Tras este segundo intento, en enero de 2020 entraron en el Gabinete de Sánchez Pablo Iglesias como vicepresidente segundo y Yolanda Díaz, Irene Montero y Alberto Garzón al frente de diferentes ministerios. Posteriormente, Ione Belarra asumiría la cartera de Derechos Sociales que dejó vacante Iglesias al abandonar el Gobierno para presentarse en 2021 como candidato a presidir la Comunidad de Madrid.
Iglesias deja la política
El líder de Podemos intentaba allí reflotar un proyecto que en las elecciones autonómicas de 2019 se vio fagocitado por el exitoso debut –con 20 diputados- de un Más Madrid liderado por su excompañero Iñigo Errejón. Dos años después de aquello y con Iglesias como cabeza de cartel, los morados subieron de 7 a 10 escaños, pero sus resultados no cumplieron con las expectativas. No evitaron que Más Madrid reforzara su hegemonía en el espacio a la izquierda del PSOE al crecer hasta los 24 escaños ni la aplastante victoria de Isabel Díaz Ayuso. Como consecuencia de ello, Iglesias anunció su abandono de la política institucional.
La pérdida de esa figura carismática, cuyo testigo recogió la navarra Ione Belarra como nueva secretaria general, recrudeció el declive de Podemos. Esto se hizo palpable en la hecatombe sufrida en las elecciones autonómicas y municipales de mayo del 2023. En ellas, perdió su representación en la Asamblea de Madrid -donde vio esfumarse los 10 diputados que tenía-, así como en las Cortes de la Comunidad Valenciana –pasando de 8 a 0- y en Canarias, al ceder sus cuatro escaños. En total, tras aquellos comicios, pasó de tener 47 diputados autonómicos a disponer solo de 14. Además, también salió de numerosos ayuntamientos.
Integración en Sumar
En una posición de debilidad, Podemos aceptó la oferta de la nueva Sumar impulsada por Yolanda Díaz para integrarse en la coalición que, con sus 31 escaños, negoció la formación de un nuevo Ejecutivo liderado por Sánchez. La negativa de Díaz a proponer a Irene Montero como ministra de Igualdad para la configuración del gabinete provocó que los cinco parlamentarios de Podemos abandonaran el grupo parlamentario de Sumar para refugiarse en el mixto. Una de ellas, Lilith Verstrynge, acabaría renunciando a su escaño y dejando en la actualidad a la formación comandada por Belarra con solo cuatro representantes en la Cámara Baja.
Pero las penurias no acabaron ahí. El primer semestre de 2024, en otro intenso ciclo electoral como el del presente 2026, ahondó en la herida de Podemos. En febrero, volvió a quedarse fuera del Parlamento de Galicia, del que había salido cuatro años antes tras irse por el desagüe los 14 diputados con que contaba la coalición Galicia en Común. En abril, perdió su representación en el de Euskadi, donde solo Sumar mantuvo uno de los cinco escaños obtenidos por la alianza Elkarrekin Podemos en 2020. Y en mayo, ni siquiera participó en las elecciones catalanas, al no presentarse ni en solitario ni como parte de Comuns Sumar, que obtuvo seis asientos. Antes, también se había quedado en fuera de juego en Asturias, donde su única diputada, Covadonga Tomé, que pasó al grupo mixto tras iniciarse su expediente de expulsión por parte del sector oficial de Podemos, acabaría creando la nueva formación Somos Asturies.
Dos años después de aquella escabechina, Podemos acaba de perder el único asiento que tenía tanto en las Cortes de Aragón como en las de Castilla y León. Ahora mismo se centran en que no ocurra lo mismo en las elecciones del próximo 17 de mayo en Andalucía, donde hace cuatro años prestaron apoyo externo a la coalición Por Andalucía, que cuenta en la actualidad con cinco escaños. La cámara ubicada en el sevillano Hospital de las Cinco Llagas es uno de los únicos seis parlamentos autonómicos en los que Podemos mantiene presencia, junto a los de Nafarroa –3 diputados de Contigo-Zurekin-, La Rioja (2), Murcia (2), Islas Baleares (1) y Extremadura, donde el pasado diciembre, en puertas de las Navidades, vivieron el único alegrón dentro de este agónico descenso a los infiernos. Allí, Unidas por Extremadura, la coalición de Podemos con Izquierda Unida y Alianza Verde, aumentó de 4 a 7 su número de escaños y en más de cuatro puntos su porcentaje de votos. Es la feliz nota discordante.
Descalabro humillante
El que este aislado repunte se haya dado en la única elección de este ciclo autonómico a la que han concurrido de la mano de Izquierda Unida no parece un dato menor. Más aún después de los duros bofetones encajados posteriormente en Aragón y Castilla y León. En esta última comunidad, el descalabro sufrido por la lista encabezada por Miguel Ángel Llamas adquirió tintes humillantes al verse doblados sus 9.225 votos (0,74%) por los 17.351 de Se Acabó La Fiesta (1,40%), la formación ultraderechista del agitador Alvise, y triplicados por los 27.605 (2,23%) de En Común. Ninguna de las tres fuerzas obtuvo asiento en las Cortes de Valladolid.
El candidato en Castilla y León, Miguel Ángel Llamas, con Irene Montero y Ione Belarra tras las elecciones.
Acto con Rufián
Los ecos de este último KO aún resuenan, dos semanas después, como un gong que parece haber espabilado al púgil grogui en el que se había convertido Podemos. Y es que algo se mueve al fin en el rincón morado, tras recibir tanto guantazo. Del desdén con el que Belarra trataba en febrero la propuesta de Gabriel Rufián de unificar las candidaturas de izquierda por limitarse, a su juicio, a un simple “cálculo electoral”, se ha pasado a las palabras elogiosas que, esta semana, la eurodiputada Irene Montero dedicaba al portavoz de ERC. “Gabriel ha conseguido poner en el centro las ganas de ganar y de que en España haya izquierda”, dijo en los micrófonos de RNE. Alabanzas que se añaden a las que, desde el momento en que fue planteada, dirigió su pareja y exlíder de Podemos, Pablo Iglesias, a la iniciativa de Rufián, del que ha dicho que es “el político más brillante que tenemos actualmente en el Congreso y el más brillante que hemos tenido en los últimos años”.
En esta línea, el acto programado para el 9 de abril en Barcelona, con la intervención de Montero y Rufián, moderados por el exlíder de los Comuns, Xavier Domènech, se antoja un paso adelante en una izquierda alternativa que ha hecho de la necesidad virtud y que, constatando de forma cruda el estrago que provoca su desunión, por fin se plantea construir puentes en lugar de cavar trincheras. Otra cuestión es si será posible superar las rencillas que tradicionalmente impiden hacer frente común a este espectro político. Las elecciones andaluzas del 17 de mayo podrían ser un buen laboratorio de ensayo. Aunque quizás sea demasiado pronto para preparar toda la cocina que requiere algo así.