Reflexionando sobre la complejidad de las relaciones humanas y su conexión con la historia colectiva de Euskal Herria, Fernando Aramburu continúa su serie Gentes vascas con Maite. Tras confesar cómo fue la curiosa experiencia que supuso para él asistir a la noticia de su propia muerte, el escritor donostiarra recorre los rincones de su universo literario, uno en el que se encuentran muy presentes las inquietudes de muchos y muchas.
La trama de Maite gira en torno a un grupo de mujeres, una de ellas enamorada de “las manos” de su marido. Con ellas se crea arte, se da amor, pero también se traiciona...
-No escribo siempre obedeciendo a intenciones determinadas, si no, no terminaría nunca. Sí que es verdad que más de una vez, ya antiguamente cuando era poeta, he abordado el tema de las manos. Me resulta muy atractivo y, efectivamente, las manos humanas son un prodigio de la naturaleza. Lo mismo sirven para acariciar que para golpear, para hacer algo valioso o para cometer una canallada. En este caso, hay que tener en cuenta que la visión de las manos está hecha desde la perspectiva femenina. Entonces, hay unos ingredientes emocionales o estéticos muy particulares.
Lleva toda la vida autoestrevistándose, como Maite, y como yo también; pero yo no me trato en tercera persona...
-No tengo empacho en confesar que yo también hablo conmigo mismo. Y alguna vez esas conversaciones o soliloquios han tomado la forma de una entrevista. Yo no incurro en entrevistas tan formales como las de Maite. Ella se trata de usted a sí misma. Yo no llego a esos extremos de autorrespeto, pero sería realmente triste que una persona no tuviera nada que decirse. Uno tiene la capacidad de anticipar situaciones a las que se va a enfrentar y, para preparase, no está mal ponerse en claro con uno mismo. Por ejemplo, tratando un asunto en voz alta.
'Maite' es la última novela del autor donostiarra.
Maite se integra en su serie Gentes vascas, donde explora vidas privadas a la vez que parte de la historia colectiva de Euskal Herria. ¿Algún episodio que tenga pensado abordar en un futuro?
-Lo que tengo pensado es prolongar la serie. Mi ambición literaria está, efectivamente -si la salud no me falla-, en trazar un dibujo lo más completo posible de nuestra tierra. Y, además, durante épocas que también fueron las mías. Lo que pasa es que yo no puedo escribir una novela al mes, y más de una al año no voy a publicar. Además, también toco otros temas y géneros. Pero espero y deseo poder prolongar la serie abordando otro tipo de personajes y en otro tipo de situaciones que se han producido en nuestra tierra natal, siempre con la idea de combinar lo que es la vivencia privada con la historia colectiva; pero priorizando la primera. Yo no soy historiógrafo, no soy reportero... La historia colectiva me da el escenario -el marco temporal- para trazar el dibujo de vidas privadas siguiendo, en principio, la definición de Balzac: que definió a la novela como la historia privada de las naciones.
“Nos han acostumbrado a la sucesión de atrocidades”, afirma uno de sus personajes. ¿Estamos anestesiados, preferimos mirar hacia otro lado, o nos falta valentía?
-Bueno, somos humanos y ante situaciones de peligro o de terror, rápidamente adoptamos conductas de supervivencia. Pero, seamos sinceros, todos los días nos sirven en internet y en la televisión escenas terribles. Y a continuación de esas escenas nos ponen el deporte y la información del tiempo. Vamos a decir que tampoco tenemos la capacidad de emocionarnos cada segundo con cada cosa que pasa, y uno va adquiriendo -lo quiera o no- una especie de costumbre de la tragedia. Pero esto no es privativo de nuestra tierra, esto ocurre en todas partes. En líneas generales, todos vamos recibiendo cada día de una manera normalizada, obtusa e insensible enormes cantidades de tragedia.
Ese sentimiento de frustración se percibe en una de las madres de la historia, que dice: “Deberían prohibir la política y dejarnos vivir a todos tranquilos”. Es una utopía, ¿no cree?
-Eso en el caso de que se inicien guerras por razones políticas, pero hay otras razones también para agredir a otros: religiosas, económicas...
Incluso maldad intrínseca que nadie sabe de dónde procede...
-A veces hay pulsiones psicológicas que pueden llevar a un psicópata a hacer daño a los demás por placer, por insensibilidad... El ser humano es muy complejo, y de esa complejidad han sacado provecho las novelas.
Con esta novela, Aramburu continúa con su serie 'Gentes vascas'.
Hablábamos antes de madres y la de estas hermanas, Manoli, dice que “en Donostia está todo por las nubes”. La historia se sitúa en el 97, ¿cómo está ahora Donostia?
-Donostia es una ciudad con fama de cara, pero no de ahora, sino de casi de siempre. Comprar un piso en mi ciudad natal, en una zona céntrica, está reservado a personas con un buen capital en el banco. Donostia, como decís en otras ciudades -pero también aquí, en Bilbao- es una ciudad ñoña. Nos llamáis ñoñostiarras, es decir, personas de talante burgués, muy preocupadas por el aspecto, etc. Y así nos atacáis, y quizás con un orgullo local que no está lejos del orgullo por la carestía de la vida. Bueno (sonríe), eso son cositas locales que afloran en una novela que quiere ser verídica.
Maite es el nombre de su protagonista, pero también significa querer o amar en euskera. ¿Es un guiño a que en las desgracias también puede haber amor?
-En las desgracias y fuera de las desgracias, y particularmente en este personaje, que no solo se llama así: Maite, sino que además tiene una especie de instinto que la lleva a tocar a las personas que delante de ella se profesan afecto. Ella hace honor a su nombre, y quien lea la novela, se dará cuenta de que tiene una estrategia también para sostener el matrimonio. Pero casi todo lo remite a un mundo interior propio y allí toma decisiones que muchas veces están encaminadas a no llevar las cosas a extremos.
Ha regresado a Euskal Herria desde Alemania, pero también desde el más allá tras su muerte ficticia el pasado noviembre de 2024.
-Esto finalmente se redujo a una anécdota. Pero sí, mi editor me llamó para notificarme de mi fallecimiento. Me rompió la siesta. La única preocupación que yo tuve fue aislar a mi madre -muy anciana- de esa noticia. Por lo demás, desde un punto de vista anecdótico, fue interesante asistir vivo a la noticia de la propia muerte y verse en titulares de periódicos. Esto es una experiencia que poca gente tiene. Alguna vez lo he pensado: “El día que de verdad me muera, ¿qué dirán los periódicos?”. Si es que merezco estar en los periódicos... Y recibí solidaridad sabiendo que no había muerto. Bueno, mi muerte duró 20 minutos, luego se desmintió. Además, no soy el primero al que cierto periodista italiano da por muerto. Lo que pasa es que hoy día, vivimos este bombardeo continuo de información y de bulos, y si el bulo está bien construido, no es raro que la gente se lo trague. Me puede pasar a mí también, pero sigo vivo (sonríe).
Ya lo hizo con El niño y lo hace ahora con Maite, tiene predilección por los finales ambiguos...
-Curiosamente, coinciden en que les puse un final de cuento. No es un final que explica nada, que da por cerrado algo definitivamente. Es un final que requiere o deja al lector con la posibilidad de terminar por su cuenta la historia, o que obliga a reinterpretar algo que se ha contado de manera un tanto enigmática con anterioridad. Si se dijera que es un final abierto, yo lo aceptaría.