Vivimos en la era con más acceso a la información de la historia, pero también en una de las más confusas. Entre titulares contradictorios, gurús de redes sociales y verdades a medias, el divulgador e influencer Marcos Vázquez propone una herramienta cada vez más escasa: el pensamiento crítico.
¿Cómo surgió la idea de escribir este libro en una época de sobreinformación?
Para mí este libro cierra una especie de trilogía. El primero fue Saludable Mente, centrado en cómo mantener el cerebro en forma desde una perspectiva más física: cómo nos influye lo que comemos, cómo descansamos o la actividad física que hacemos. Después llegó Invicto, que aborda la parte más emocional, mezclando psicología y filosofía estoica, y cómo regular las emociones para que no nos lleven a tomar malas decisiones. Sentía que me faltaba la tercera pata: la parte más racional, la que tiene que ver con filtrar la información y desarrollar pensamiento crítico. Estamos bombardeados constantemente con información de todo tipo, muchas veces contradictoria, y creo que es clave tener ciertos cimientos mentales que nos ayuden a procesarla y convertirla en conocimiento útil y en mejores decisiones.
Evidencia científica
Marcos Vázquez, @fitness.revolucionario, es uno de los divulgadores especializados en salud y bienestar más seguidos. Mantiene una presencia activa en redes sociales, donde ha construido una amplia comunidad interesada en el ejercicio, la nutrición y el pensamiento crítico. A través de contenidos visuales y prácticos, apuesta por desmontar mitos y promover una visión de la salud basada en la evidencia científica.
Vivimos rodeados de mensajes contradictorios, especialmente en redes sociales. ¿Cómo se puede lidiar con todo eso?
Yo lo llevo mucho al terreno de la salud. Si pasas unos minutos haciendo scroll en Instagram, ves un reel que dice que la avena es lo mejor del mundo y el siguiente que es lo peor. El problema es que no nos han enseñado a analizar la información: a preguntarnos de dónde viene, en qué se basa una afirmación concreta. En nutrición y salud, la fuente principal deberían ser los estudios científicos. En el libro dedico un apartado a explicar cómo interpretarlos de forma sencilla: si un estudio es observacional o un ensayo clínico, qué nos puede decir realmente y qué no. Son ideas muy básicas, pero entenderlas ayuda mucho a valorar cuánto podemos fiarnos de lo que vemos en redes o en los titulares. Eso sí, una cosa es pensamiento crítico y otra cinismo. Ser críticos, sí; escépticos, también. Pero caer en el “ya no creo en nada y hago lo que quiera” no es una buena salida. Tener filtros mentales es clave para no perdernos en esta avalancha de información.
Habla mucho de esa diferencia entre información y sabiduría. ¿Cómo la explicaría de forma sencilla?
Si no tienes filtros mentales ni pensamiento crítico, más información solo genera más confusión. Yo distingo entre inteligencia y sabiduría. La inteligencia tiene que ver con alcanzar objetivos, pero la sabiduría es un paso previo: saber qué objetivos merece la pena perseguir. Nos dejamos arrastrar mucho por lo que vemos en redes, por lo que “se supone” que hay que querer o conseguir. La sabiduría tiene que ver con parar, tomar perspectiva y pensar por uno mismo.
En el libro menciona muchos sesgos cognitivos. ¿Cuál diría que es el más peligroso hoy en día?
El sesgo de confirmación, el padre de todos los sesgos. Es esa tendencia a aceptar sin cuestionar la información que encaja con lo que ya creemos y a rechazar la que lo contradice. Para aprender de verdad, tenemos que hacer justo lo contrario: analizar con objetividad la información que desafía nuestras creencias. El principal obstáculo para entender el mundo es creer que ya lo entendemos.
Compara mucho el mundo actual con la filosofía clásica. ¿Es importante mirar hacia atrás?
Creo que sí. La filosofía clásica tenía mucho que ver con vivir mejor y con desarrollar virtudes. Hoy nos dejamos llevar por lo que vemos en redes: mansiones, coches, éxito rápido. Los filósofos ya hablaban de esto, de que hay cosas que merece la pena querer y otras no.
Desde su posición como divulgador, ¿ha notado cambios positivos en la mentalidad de la gente, especialmente en temas de salud?
Sí, sin duda. Hay mucho ruido y mucha confusión, pero quien desarrolla criterio y pensamiento crítico tiene ahora acceso a información de muchísimo valor. En el ámbito del ejercicio físico, por ejemplo, ha habido avances muy positivos, especialmente en la salud femenina. Durante años se pensaba que la mujer era “un hombre más pequeño”, pero hoy sabemos que su fisiología es diferente y más compleja.
¿Le frustra ver mensajes de autoayuda o salud pensados solo para conseguir likes?
Es frustrante. En redes sociales se viralizan los mensajes más categóricos, blancos o negros, y muchas veces son los más equivocados. Los mensajes matizados, que hablan de contexto y de grises, no se comparten tanto. El problema no es tener menos likes, sino que mucha gente siga consejos que afectan directamente a su salud. En moda no pasa nada, pero cuando hablamos de qué comes, cómo entrenas o qué tratamientos sigues, estamos hablando de algo muy serio.
¿Qué le diría a quien piensa que su libro es “otro vendemotos más”?
Que no es un libro de autoayuda simplona para hacerte sentir bien, sino un libro incómodo, que cuestiona creencias. A la gente que lo ha leído le ha cambiado la forma de ver la información y de enfrentarse al scroll infinito. No pretende darte certezas absolutas, sino enseñarte a asignar grados de credibilidad a las ideas, a revisar tus creencias con nueva información. No es un libro para alimentar el ego, sino para ver la realidad con un poco más de claridad.
El libro parece casi una guía para sobrevivir a las redes sociales…
Totalmente. Gran parte del ruido viene de las redes, pero la inteligencia artificial va a multiplicarlo. Las máquinas pueden ser muy inteligentes, pero no son sabias. Ahí está el valor humano. La IA puede ser una moto, que te lleva sin esfuerzo y atrofia tus capacidades, o una bicicleta, que te permite llegar más lejos haciendo el mismo esfuerzo. El reto es usarla sin delegar nuestro pensamiento.
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Marcos Vázquez durante la entrevista.
¿Y a futuro podemos esperar otro libro más enfocado en la inteligencia artificial?
Es probable. Es un tema que ya toco en este libro y también en Saludable Mente, donde hablaba de inteligencia artificial, porque se ha visto que cuando dependemos demasiado y delegamos cognitivamente, el cerebro se atrofia. Algo muy parecido a lo que nos ha pasado a nivel físico: muchos de los problemas que tenemos hoy vienen de que nuestros trabajos son mucho más sedentarios. Antes el gimnasio era la propia vida, cuando trabajaban en el campo se movían constantemente. Ahora está ocurriendo algo parecido a nivel mental. Estamos delegando tanto nuestro esfuerzo cognitivo en la IA que el cerebro se está atrofiando. Hay estudios que hablan de este fenómeno. Quizá, si no hacemos nada, dentro de no mucho tiempo tengamos que ir a un “gimnasio mental”. Puede sonar a que soy anti-tecnología, pero es justo lo contrario. Soy ingeniero. Me gusta la tecnología y veo el enorme potencial que tiene la IA, por ejemplo en el campo de la salud y la medicina. Soy muy optimista con la inteligencia artificial, pero creo que más que limitarla, hay que entenderla y, sobre todo, no permitir que atrofie nuestras capacidades.
El problema es que quizá esto sirve para nuestra generación, pero no tanto para los que vienen detrás.
Yo tuve una adolescencia analógica, pero sabemos que las redes sociales y las nuevas tecnologías tienen un gran poder adictivo. Incluso a los adultos nos cuesta más mantener la atención en un libro que antes, pero el efecto es mucho más preocupante en los cerebros que están en desarrollo. Por eso hay países como Australia que ya han prohibido el acceso a redes sociales a menores de 16 años, y otros que se lo están planteando. Entiendo que son medidas que pueden parecer restrictivas y, en general, no me gustan las prohibiciones, pero igual que prohibimos el acceso al alcohol o al tabaco porque sabemos que pueden dañar el cerebro de los más jóvenes, también sabemos que las redes sociales pueden tener un efecto negativo.