Reflexionando sobre el valor de la narración y la conversación pausadas en tiempos de pantallas, Luis Landero vuelve a la literatura, a su cotidianeidad, al publicar Coloquio de invierno. Con la mirada de quien se ha enfrentado a diversas trampas, repasa momentos clave de su vida y ofrece su visión sobre la creatividad, la felicidad y las promesas, cumplidas o no.
En Coloquio de invierno, siete personajes se quedan aislados por Filomena y por aburrimiento empiezan a contarse historias. ¿Hemos olvidado la forma de escucharnos sin una pantalla de por medio?
Creo que sí. Hemos perdido el hábito de hablar con cierta lentitud y sosiego. La televisión, la radio e internet han acelerado la vida. Han acelerado todo. Vivimos muy atropellados, con muchas prisas, y eso se nota también a la hora de hablar. Y eso sin tener en cuenta que dedicamos tantas horas diarias a los dispositivos... ¿Qué vas a hablar? Se empobrece la experiencia vital, porque de ese modo estás viviendo las vidas de otros, pero no vives tu propia vida.
Uno de sus personajes afirma que “todos tenemos alma de narradores”. ¿Se puede contar todo?
Por poder, se puede contar todo, pero quizás no se deba contar todo... Tú no puedes ir por la vida siendo sincero y diciendo lo que piensas de los demás, porque -entonces- la convivencia sería imposible. Tienes que aprender a convivir, y aprender a convivir es aprender a modular el relato en cada momento. Sin embargo, es verdad que hay cosas que tu propio cuerpo te pide que cuentes para desestresarte, para descargar la conciencia también. Te desintoxicas, ese es el origen de la confesión religiosa y de lo que le cuentas al psicólogo. Te emponzoñan el alma, te envenenan por dentro, por eso a veces es bueno contar... Sí.
'Coloquio de invierno' es la última novela de Luis Landero.
¿Tiene la literatura opción de competir contra la tecnología, o es una batalla perdida?
¿Qué es lo que puede sustituir a la literatura? Las series, las películas quizás..., pero siempre habrá un lugar para los libros. Los jóvenes leen y hay muchos que son conscientes de hasta qué punto es tóxica esa dependencia de los móviles. Están reaccionando contra eso, porque se están dando cuenta de que les están robando la vida. Sus propias experiencias... Además, los libros hacen que recuperemos la lentitud. Nos entrenan en la soledad y en el silencio, nos entrenan para cosas que hoy están descatalogadas: la concentración..., todas esas cosas son cualidades y beneficios que nos ofrece y regala la lectura.
Considera a la IA una aliada, pero le niega capacidad creativa por carecer de sentimientos. No obstante, muchos jóvenes le cuentan los suyos y la usan de psicólogo...
¿Qué les puede decir? Tópicos, cosas de libros de autoayuda..., pero no puede ser un sustituto real. Del mismo modo que nunca podrán hacer un poema realmente hondo, con sentimientos, porque carecen de ellos y de originalidad. No tienen esas ciegas marcas, como decía Freud, eso que nos hace irrepetibles y únicos.
Ahora que me menciona a Freud ¿sigue sintiendo que la vida es ese “negocio que no cubre gastos”, o la literatura ha logrado salvarlo?
(Risas). Era algo que decía Schopenhauer, tenía un lado pesimista, pero también muy realista. Ponía el ejemplo del topo, que se pasa toda su vida escarbando debajo de la tierra, y no deja de escarbar... ¿A cambio de qué? A cambio de unas cuantas lombrices y una cópula. ¿Cuál es la ganancia de la vida? Eso lo tiene que responder cada cual. La felicidad es subjetiva. Hay quien la consigue de manera sencilla, y, me parece maravilloso. Y hay otros que son insatisfechos crónicos, y sobrellevan esa cierta angustia a la hora de vivir.
Es curioso que los libros estuvieran ausentes en casa de un actual Premio Nacional de las Letras. ¿Qué ha pasado?
Eso me pregunto yo, cómo es posible que yo, el hijo de Cipriano y de Antonia -que eran campesinos-, y el nieto de mi abuela Francisca -que era analfabeta- y que me contaba historias... Me acuerdo que, cuando recibíamos una carta, teníamos que ir a casa de una vecina para que nos la leyera, porque ella no sabía leer y yo era muy pequeño. Me decía: “Qué vergüenza esto de tener que ir a que te lean una carta... A ver si tú aprendes algún día a leer bien, para que no tengas que pasar esto”. ¿Y ahora? Desde luego, me pregunto cómo es posible. Pero, mira, si he llegado a escribir libros ha sido porque ellos me educaron en la lengua oral. Hablaban de maravilla, porque la cultura campesina es muy rica. Se va trasmitiendo de generación en generación. Respetan mucho la cultura popular, a mí me iniciaron en ella, y luego conocí la cultura escrita. Cuando se juntan y se unen armónicamente, salen prosas como la de El Quijote, como la de Galdós, como la de tantos.
De aprendiz en un taller mecánico a guitarrista, ha afirmado que la muerte de su padre fue un punto de inflexión...
Fue uno de los hechos más tremendos que me han ocurrido, y que cambió el rumbo de mi vida. Además, yo me llevaba muy mal con mi padre, había puesto todas sus ilusiones en mí para que yo fuera lo que él no pudo ser. Y, entonces, yo le decepcioné por completo. Nos llevábamos muy mal cuando él murió, yo tenía 16 años por aquel entonces. Adquirí un sentimiento de culpa enorme. Me arrodillé delante del féretro y le juré que sería un hombre de provecho, como él quería. Y, a ser posible, que sería abogado. Él los admiraba mucho. El sentimiento de culpa lo he pagado durante toda mi vida, y lo sigo pagando. Asimismo como la necesidad de contentar a mi padre y de hacerlo feliz, a pesar de... (silencio). En parte, escribo por él, me esfuerzo por él.
Luis Landero publicó con 40 años su primera novela.
Habla del destino mediante la metáfora de la hormiga león. ¿Cuál ha sido la trampa más difícil de esquivar de su vida?
Tener jefes. Si hay algo que odio, son los jefes. Mi padre me puso a trabajar en una tienda de ultramarinos de repartidor -con un carrito- cuando tenía 14 años. Era mal estudiante, y era un poco golfillo de barrio, para que supiera lo que costaba ganarse la vida... Luego en un taller mecánico, como tú has dicho. He trabajo en diversos sitios, entonces, he tenido jefes. Y mi padre, que también era un jefe. Si hay algo en la vida que odio y de lo que huyo son los jefes. Odio tener un patrón, me dan verdadero pánico los jefes.
Al menos, en la literatura es su propio jefe...
Sí, y lo bueno de ser profesor es que tienes alguno, pero menos. Por eso me dediqué a la enseñanza.