“¿El arbitraje? Si digo algo, pareceré un llorón porque perdimos. Pero les pregunto si el árbitro estuvo a la altura de arbitrar una semifinal. Está el penalti, pero no es solo eso, se suma todo lo demás. No tengo nada en contra del árbitro esta noche, pero háganse la pregunta ustedes mismos”. Fueron las palabras de Didier Deschamps para, en parte, justificar la sonrojante derrota de Francia ante España. El técnico francés tiró la piedra y escondió la mano. El éxito de la selección de Luis de la Fuente se fundamentó en una frase que él mismo acuñó en vísperas del encuentro de semifinales de la Copa del Mundo: “Francia es una gran selección, pero España es mejor equipo”.
Ahí radica la clave del éxito de España: el fútbol es la expresión máxima de inteligencia colectiva. En líneas generales, un grupo de jugadores coordinados superará a una suma de individualidades. Eso sucedió en Dallas. España alcanzó la final porque fue mejor durante la mayor parte del partido, con la salvedad de los instantes finales, cuando Francia se volcó a la desesperada, buscando el arrebato final, con lo que logró maquillar sus estadísticas. El conjunto de De la Fuente gobernó el duelo desde la pelota, redujo al mínimo el enorme talento ofensivo francés y transformó la semifinal en un ejercicio de madurez competitiva.
El centro del campo marca la diferencia
La primera gran diferencia estuvo en el centro del campo. En esto, a pocos pudo sorprender la propuesta de unos y otros, que se encomendaron fieles a sus propuestas previas. Francia acudía con el ataque más productivo del Mundial, pero nunca encontró la velocidad para desplegar sus alas, la misma que había marcado su trayectoria. España, con más efectivos en el eje, tuvo la capacidad para evitar que el partido se rompiera. Rodri fue el líder de una medular que logró borrar con sacrificio y lectura de juego las líneas de pase rivales. La colaboración de Baena, Oyarzabal, Lamine Yamal, Olmo y Fabián fue abundante, infatigables en este sentido para hacer cumplir la máxima de que la defensa comienza en la delantera. El equipo se mostró compacto, sólido y generoso en todas las áreas del campo.
Además, cada posesión obligó a Francia a correr detrás del balón y, cuando los de Deschamps recuperaban, lo hacían demasiado lejos del área rival y sin tiempo para organizar sus rápidas transiciones. El plan francés pasaba por liberar a Mbappé, Dembélé, Barcola y Olise en espacios abiertos. Pero España respondió con una intensa presión tras pérdida para evitar que los franceses pensaran con el balón en los pies y hallaran zonas de desplazamiento de la pelota. Fue una presión bien coordinada para anular los pases verticales. Y así, los de Deschamps perdieron su mayor virtud. Ningún atacante galo dio con situaciones de uno contra uno.
Francia no desarrolla su idea
El propio Mbappé admitió que la propuesta hizo aguas. “Desde el principio, estábamos presionando tres contra dos. La cagamos ahí. Contra España tienes que presionar hombre a hombre. Y cuando recuperamos el balón nuestros toques y movimientos no eran dignos de una semifinal del Mundial”, analizó. La proyección de su frustración fue el antideportivo codazo que soltó a Unai Simón.
Una batalla decisiva se desarrolló en las bandas. Francia quería castigar las espaldas de los laterales, pero acabó sufriendo en esos sectores. De hecho, los dos goles llegaron por acciones llevadas a cabo por su flanco izquierdo, primero con un Yamal que llegó indetectable para Digne, que cometió un inocente penalti, y posteriormente con Pedro Porro triangulando con Olmo para presentarse en solitario ante Maignan. La primera acción reflejó la intensidad puesta por España. Se puede decir que la semifinal se inclinó por el detalle de un grave error de Digne, pero este no fue producto de la casualidad; fue forzado. La segunda fue la consecuencia de su propuesta de juego, una circulación paciente que desgastó física y mentalmente a un rival incapaz de recuperar el orden, con sus delanteros desconectados de las acciones defensivas. Por otro lado, Porro hizo gala de la efectividad necesaria en un choque con escasas ocasiones claras de gol, lo que siempre es un valor importante en un cruce entre dos contendientes mayúsculos.
Luis de la Fuente da indicaciones durante la semifinal contra Francia.
La elección de los efectivos
No se pueden desdeñar las decisiones de De la Fuente. El seleccionador concedió la titularidad a Baena y Porro cuando observó problemas; el primero solo había disputado ocho partidos internacionales como titular antes del Mundial y el segundo, quince. Para esta cita sentó a Pedri y apostó por Fabián, como ante Bélgica. El rendimiento y los resultados han ido dando la razón al riojano. Personifican el éxito del modelo. Deschamps, mientras, puso sobre el tapete todo lo esperado, pero sus cambios no ofrecieron capacidad de respuesta. Huelga decir que los de Saliba, por lesión en el minuto 30, y Rabiot, en el descanso por haber visto una cartulina amarilla, tampoco ayudaron, sino que alteraron los planes.
En cualquier caso, los recambios franceses no alteraron la dinámica. Quizá no era una cuestión de nombres, sino de planteamiento. Sin controlar el balón ni recuperar cerca del área rival, cada pieza ofensiva recibía en inferioridad. España obligó a los franceses a jugar el partido que menos deseaban, posicional y con ataques estáticos. De la Fuente, sin embargo, encontró en Pedri o Merino a sustitutos cortados por un patrón similar que no supusieron alterar el plan previsto en la pizarra. Reafirmaron la idea de juego.
Una diferencia significativa que proyecta el concepto de individualismo de Francia es que por la parte de España solo Oyarzabal y Yamal completaron un regate, y Olmo lo intentó sin éxito. No necesitaron encarar para desarmar a los franceses. Mientras, Mbappé, Dembélé, Cherki, Digne, Lacroix, Barcola o Doué regatearon en al menos una ocasión y Koundé, Upamecano, Koné y Olise lo buscaron sin acertar.
Todos los seleccionadores de los equipos que se presentaron en las semifinales hablaron de la importancia de gestionar la presión a estas alturas del torneo. Y esta virtud trasciende de cualquier propuesta táctica o calidad técnica. España jugó con la serenidad y templanza de quien sabe exactamente a qué desea jugar y de quien goza de plena confianza en el plan. La tropa de De la Fuente creyó, mantuvo la calma, no perdió el equilibrio y tras ponerse por delante en el marcador no renunció a sus principios. Esa personalidad competitiva es probablemente el mayor tesoro del vestuario, porque no depende del talento individual o una inspiración puntual. Ha construido una identidad reconocible que sobrevive en cualquier contexto.
Mikel Oyarzabal se abraza con Pedro Porro, los dos goleadores ante Francia.
Elevado nivel individual
Cabe destacar, por supuesto, que cada jugador de De la Fuente, al menos en cuanto a los del once inicial se refiere, protagonizó una de las mejores actuaciones personales del torneo, sino la mejor. La zaga –Porro, Cubarsí, Laporte y Cucurella– rozó la perfección con la sexta portería imbatida y solo un gol encajado hasta la fecha, con lo que sigue siendo la mejor del torneo a efectos numéricos. El disciplinado centro del campo gozó de un Rodri que correspondió a su Balón de Oro, de un Fabián polifacético y un Olmo clarividente. La delantera pasó más discreta, pero paradójicamente la labor defensiva fue tan encomiable como necesaria para aplacar los planes franceses. El aspecto físico tampoco dejó dudas en España. Como reveló De la Fuente, el trabajo realizado estaba basado en aumentar las prestaciones a medidas que avanzaba el torneo.
Por todo ello, sin la necesidad de gozar de un arbitraje partidista, España disputará la segunda final de su historia tras la ganada en 2010, porque convirtió una semifinal entre dos favoritos en un partido jugado exactamente a lo que quería. En los Mundiales, el talento suele conceder réditos, pero el control del juego suele alcanzar para llegar más lejos.