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"El obispo Elizalde usa las estadísticas sobre los abusos sexuales para quitarse responsabilidades y no barrer su casa"

El obispo de Gasteiz, Juan Carlos Elizalde, ha dicho que el 98% de los abusos sexuales se producen fuera de la Iglesia para argumentar que se ignora la magnitud de este problema
Alfonso Ruíz de Arcaute, víctima de abusos sexuales en la Iglesia de los Ángeles / Jorge Muñoz

Alfonso Ruiz de Arcaute, referente de la Asociación Nacional de Infancia Robada (ANIR), analiza la situación de las víctimas de abusos en la Iglesia tras décadas de silencio. Tras lograr en 2022 que la Orden de Predicadores reconociera los abusos que sufrió a los 14 años, Ruiz de Arcaute denuncia ahora la falta de transparencia del Obispado de Gasteiz. En esta entrevista, rebate las recientes declaraciones de monseñor Juan Carlos Elizalde, cuestiona la independencia de los protocolos de reparación de la CEE y reclama una solución integral para las vidas truncadas por el encubrimiento institucional.

Usted ha calificado de “inapropiadas y ofensivas” las palabras del obispo Elizalde. ¿Qué es lo que más le ha dolido de su discurso sobre el “foco injusto” en la Iglesia?

—Todos, y como víctimas de agresiones que aparecen en la Iglesia, comprendemos el dolor de cualquier víctima en cualquier ámbito, y todos luchamos por erradicar los abusos en cualquier ámbito. ¿Cuál es el problema? Que la Iglesia lleva años y años echando balones fuera. “Nosotros tenemos estos cuatro casos” que decía Argüello, y siempre se juega a que los demás tienen y por qué nosotros. La gran diferencia entre otras realidades y la Iglesia es que la Iglesia ha conformado toda una institución que ha defendido esa realidad de los abusos. Cuando no toma cartas en el asunto, lo único que hace es trasladar a los sacerdotes de un lado para otro, como ha sido costumbre en la Iglesia; está perpetuando una cultura de la presión.

El obispo utiliza la cifra del 98,8% de abusos fuera de la Iglesia para pedir que se mire a otros sectores. Como víctima, ¿qué le respondería?

—Yo no voy a entrar en esto porque tampoco tengo claras las cifras. Evidentemente, en el ámbito intrafamiliar es horroroso y el número de víctimas es mucho mayor y no se declara porque es mucho más difícil. En cualquier caso, yo creo que la Iglesia, cuando no tiene barrida su casa, no puede barrer la casa de los demás. Cualquier asociación de víctimas ha hecho mucho más por cualquier víctima en cualquier ámbito que la Iglesia. ¿Qué ha hecho la Iglesia por las víctimas de otros ámbitos? Tampoco nada. No se puede elegir el referente moral.

Usted menciona que la Iglesia se convierte en “agresora” al poner impedimentos. ¿Siente que el discurso actual del obispo de Gasteiz sigue siendo una forma de resistencia a la reparación real?

—Sí, por supuesto. Yo he tardado doce años en conseguir que el Obispado de Gasteiz me dé copia de la declaración que entregué en la denuncia canónica. Tengo cartas de Elizalde negándose a entregar esa declaración. El obispo Elizalde ha salido en prensa en reiteradas ocasiones diciendo que en Araba no hay casos de abuso. Él sabía, porque estaba la denuncia y yo se lo había contado personalmente a él, que yo había sido abusado en la Iglesia de Gasteiz. Y como yo, otras víctimas. Luego ha mentido reiteradamente y cada vez que hace estas cosas es quitarse las responsabilidades. Eso, por supuesto, revictimiza y hace daño a las víctimas. A mí, personalmente, me hace mucho daño.

Tras décadas de silencio, en 2022 la Orden de Predicadores (Dominicos) finalmente reconoció que usted fue víctima de abusos cuando tenía 14 años. ¿Qué cambió para usted ese día y qué falta todavía en esa petición de perdón?

—Yo tengo reconocidos tres abusos distintos por tres sacerdotes, por tres dominicos. El tener ese reconocimiento público da una cierta tranquilidad; es decir, yo no estoy loco, estas cosas han pasado. Pero en la práctica han cambiado muy poco las cosas. El vicario general me ofreció un psicólogo pagado por los dominicos. Es lo único que he conseguido en 18 años de lucha.

Usted ha denunciado que, tras comunicar los hechos en el pasado, recibió respuestas como “deja de decir tonterías”. ¿Cómo conviven esos recuerdos con la actual firma de protocolos de reparación entre la CEE y el Gobierno?

—Tendremos que ver cómo responde la Iglesia. Yo creo que este convenio va a facilitar una reparación económica porque no le va a quedar más remedio a la Iglesia, porque al final la última palabra la va a tener el rechazo del pueblo. Pero hay otras cosas que son importantes y que yo creo que no se van a solucionar. Por ejemplo, para mí es muy importante un perdón público. Porque durante años se nos ha tratado de locos, de que vamos contra la Iglesia. Un perdón público en mi caso es muy importante porque significa decir: “tenías razón y nosotros hemos sido injustos contigo”. Hay que valorar también el sufrimiento de todos estos años en que se nos ha machacado continuamente diciendo que no existen casos. Y hay que ver una reparación de justicia sobre cómo se solucionan vidas truncadas; personas que no han tenido un proceso laboral normal o tienen dificultades con la pensión. Habrá que ver cómo la Iglesia lo asume.

Desde la Asociación Nacional de Infancia Robada, ¿qué carencias detectan en el protocolo firmado recientemente entre la Conferencia Episcopal y el Defensor del Pueblo?

—En principio estamos satisfechos con que haya un convenio, con que a la Iglesia se le haya obligado a participar y a que sea la Iglesia la que asuma el coste de todo este proceso de restauración. Habrá que esperar para ver si hay carencias, sobre todo en aspectos sociales como la ayuda en situaciones educativas, laborales o de jubilación.

¿Cree que un sistema de reparación gestionado en parte por la propia Iglesia puede ser realmente independiente y justo para las víctimas?

—Evidentemente no. ¿A quién se le ocurre que si alguien ha violado a una persona, la familia del violador pueda ser el juez en esa situación? Eso no se le ocurre a nadie. La Iglesia es juez y parte. Lo ha demostrado a lo largo de la historia: ha defendido siempre al acosador o al violador, lo ha ido cambiando de parroquia o lo ha mandado al Tercer Mundo para que tenga todavía mucho más campo de acción. Han mentido siempre y han engañado siempre.

¿Qué mensaje le enviaría a otras víctimas en Araba que, tras oír las palabras del obispo, puedan sentir miedo o desconfianza para dar el paso de denunciar?

—He tenido relación con varias víctimas de Araba que no han denunciado porque no han tenido valor. Me decían: “fíjate el calvario que estás pasando tú”. Yo les diría que ahora es el momento. Ahora tenemos a un Estado detrás y tenemos al Defensor del Pueblo, en el que yo personalmente y como asociación confío completamente. Es el momento de que dejen de tener miedo y denuncien porque ahora sí pueden conseguir una reparación. Y es el momento de que salgan todos los casos para que veamos una religiosidad mucho más real.

Usted ha sido una persona de fe y muy activa en la vida parroquial hasta su polémico cese como catequista. ¿Es posible la reconciliación con una institución que, según sus palabras, "mete el dedo en el ojo" a las víctimas?

—Durante todo este proceso ha habido ocasiones en que me planteé incluso apostatar. Sin embargo, soy una persona de fe, sigo siéndolo y sigo participando en la vida eclesial en otras medidas. Evidentemente, confío muy poco en los obispos y en la jerarquía. Ahora tengo más relación con un pequeño convento de monjas. Prefiero vivir la fe en entornos más pequeños y más comprometidos. Es muy complicado al sentirse siempre atacado, pero bueno, poco a poco.

¿Cuál sería para usted la "reparación integral" definitiva? ¿Es una cuestión económica, de reconocimiento público o de cambios estructurales en el Código de Derecho Canónico?

—No todas las víctimas lo necesitan, pero algunas necesitamos una petición expresa de perdón, aunque muchas veces se queda en un perdón nuevamente cosmético. Evidentemente, hay una reparación económica que es necesaria porque muchas víctimas tenemos serios problemas económicos y financieros. Pero luego es también todo un acompañamiento. Me quedo un poco con el acompañamiento especial, porque la Iglesia ha demostrado que no sabe hacerlo; pero con la tutela del Gobierno se puede llevar a cabo. Se deben acompañar las dificultades académicas y laborales. Muchas víctimas, por depresiones continuadas o por intentos reiterados de suicidio, hemos perdido la vida laboral. Cuando no has tenido una vida laboral normal, te quedas sin pensión. ¿Cómo vamos a vivir? Yo creo que son temas que tienen que afrontarse y ver cómo se solucionan.

01/04/2026