En Calvià el invierno lo es aún más bajo la melancolía de la lluvia fría. La playa de Palmanova añora a los bañistas y las terrazas echan de menos la algarabía de los rayos de sol.
Llovía en Mallorca, prensada por la tempestad y la borrasca que envía Kristin estos día de finales de enero la Challenge, el lugar donde antes se desperezaba el sol y acariciaba con mimo los cuerpos de los ciclistas.
La tristeza alcanza un grado superlativo en los lugares extrovertidos de solaz, de las vacaciones y del verano. Algo no encaja. No existen postales de lluvia en Mallorca, ni imanes de pesadumbre para la nevera.
La Challenge parece un barrio de Lisboa donde se cantan fados, un canto originado en el siglo XIX en los barrios populares de Lisboa, expresa melancolía, saudade, (añoranza), fatalismo y la vida cotidiana, interpretado por un solista acompañado de guitarra portuguesa y clásica.
La música que meció la victoria de António Morgado en Palmanova, donde el portugués festejó su 22º cumpleaños regalándose un triunfo. El mejor obsequio posible. La celebración ideal.
El mar estaba picado, el ambiente mustio y las olas bamboleaban con un trazo de rabia un baile alterado. Los rostros reflejaban la desilusión porque la expectativa y la promesa era otra. Llovía con fuerza, anegado el asfalto que guiaba a los ciclista, enlutados, negros chubasqueros.
Un operario pasaba la fregona en el podio, achicando agua, mientras la fuga de Boichis, Holter y Steinhauser iba pereciendo en la orilla de la subida a Sa Gramola, en su nuez, en su relieve.
Gran actuación de Álvarez
Aún no lo sabían, pero António Morgado y Héctor Álvarez, alineado con la selección española, pero perteneciente al Lidl de desarrollo, les buscaban en una carretera empapada y retorcida que trazaba el Trofeo Calvià , el primero de la Challenge.
Cuando asomaron el portugués y el alicantino, sorprendidos los fugados, se quedaron de piedra en la ascensión del Coll de sa Coma, donde los que eran cinco dejaron de serlo súbitamente.
Álvarez, un tallo de juventud, un ganador en categorías inferiores, ascendía con premura y exigía a Morgado, la cara de esfuerzo y los ojos tratando de esquivar la metralla de la lluvia.
Podio final, con Morgado, vencedor, Álvarez, segundo, y Holter, tercero.
El alicantino, cubierta la mirada con unas gafas de pantalla, no miró hacia atrás. Morgado se unió a él. Entendieron que la carrera sería lo que ellos quisieran. Boichis y Holter, tercero al derrotar al francés, no podían amenazarles, varados en la incomprensión. El pelotón hacía tiempo que renunció.
A relevos, sin trucos, Álvarez y Morgado se miraron de reojo y bizqueando se perfilaron en paralelo a la playa, donde solo se escuchaba al mar, que no era murmuro sino cabreo. El luso, observó a alicantino, que no tenía el reprís de Morgado y tampoco su experiencia.
Morgado superó a Héctor Álvarez, pero le abatió. Las derrota le escuece pero no le duele. Escamas de campeón. “Estoy contento de ser segundo”, dice el alicantino de buen humor. Al mal tiempo, buena cara.
Sonrió su victoria António Morgado, una venda de alegría para restañar a los doloridos Vine y Narváez, compañeros lesionados en el Tour Down Under. El alegre fado de Morgado les consuela.