Existe una virtud, intangible, ajena a las estadísticas porque se refleja con sensaciones, que es el amor propio, el orgullo y el sentimiento de responsabilidad de vestir una camiseta que representa la historia de un país y a millones de personas. Es la inescrutable cualidad de una Argentina que abrazada al sufrimiento avanza pareciendo que nadie la puede detener. Sabe esperar a su momento, sabe resistir cuando el contexto da la espalda. Y sobre todo sabe combatir la adversidad cuando solo ella conserva la fe en la victoria. Es un ejemplo de competitividad. La Albiceleste volvió a demostrar su capacidad de supervivencia en la semifinal de la Copa del Mundo frente a Inglaterra, cuando a cinco minutos de agotarse el tiempo reglamentario perdía el tren de la final en un pedregoso camino. Se vistió de épica para, impulsada por la genialidad del eterno Leo Messi, remontar con dos goles en siete minutos que valen la posibilidad de reeditar el título de campeón.
“Llegábamos cuestionados, con muchas dudas, pero yo sabía que este grupo siempre compite, siempre da el máximo cuando está junto. Saca de donde no tiene”, descifró Messi, como si revelara secretos arcanos, esos imponderables relacionados con las emociones. Porque en eso, Argentina es la mejor. Basta ver los llantos de todos sus jugadores en la celebración. Como si soportaran el peso de las vidas de toda una nación a la que han salvado la cabellera. El fútbol se concibe como vida o muerte. Y el argentino es superviviente nato de espíritu.
Un partido de dos fases
El encuentro tuvo dos fases bien diferenciadas: el antes y el después del gol de Inglaterra. De algún modo, los ingleses –más bien Thomas Tuchel– decidieron a qué se jugaría en cada una de ellas. Durante casi una hora, los ingleses renunciaron a las posesiones largas, cerraron los pasillos interiores y concedieron las bandas a su rival. Dominaron. Messi recibía alejado del área; Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Leandro Paredes no encontraban fisuras para filtrar pases entre líneas; Julián Álvarez y Gio Simeone, elegido en esta ocasión para bregar hasta el infinito y más allá, se pegaban contra el mundo, como oasis en el desierto, aislados.
La campeona del mundo trataba de amasar la posesión, pero sin profundidad. Mientras, Inglaterra buscaba acelerar el duelo lanzando a la carrera a Anthony Gordon o Morgan Rogers, aprovechando cada recuperación para poner el punto de mira en la portería del Dibu Martínez, con Jude Bellingham y Harry Kane como si fueran quarterbacks de fútbol americano.
Auge y caída del plan inglés
El gol de Gordon fue la confirmación del éxito del plan de Tuchel. Una transición rápida, ágil y vertical con Kane como ejerciendo como bombeador, lo cual fue un síntoma de la falta de creatividad del centro del campo. Inglaterra pareció haber encontrado la fórmula, la receta para tumbar a Argentina. Pero el propio Tuchel se encargó de dar un giro a la dinámica imperante. Cedió por completo la iniciativa introduciendo una colección de defensas. Hasta seis llegó a tener Inglaterra sobre el césped. Fue entonces cuando resurgió esa Argentina que parece inmortal.
Tuchel confundió lo que significa controlar el marcador con controlar el partido. Reculó a los suyos con casi 40 minutos de juego por delante. Miedo. Un harakiri ante un semifinalista de un Mundial, que se entiende sobrado de cualidades. Los ingleses dejaron de presionar, se instalaron en su área, agrupados incluso como estorbos para Jordan Pickford. Desde el gol hasta el pitido final, la posesión inglesa fue un avergonzante 12%, según datos ofrecidos por Opta.
Manual de resistencia argentino
Entonces brotaron las mayores cualidades del equipo de Lionel Scaloni. Argentina sufrió ante Cabo Verde en dieciseisavos de final, donde pasó en la prórroga; ante Egipto en octavos, cuando remontó un 0-2; ante Suiza en cuartos, cuando se impuso en la prórroga… Y en semifinales ante Inglaterra, cuando anuló el 0-1 en siete minutos. Sus actuaciones son manuales de resistencia.
Argentina no perdió el orden ni cayó en la precipitación producto del nerviosismo. Apeló a su esencia. Siguió moviendo el balón con paciencia, acumuló futbolistas por dentro pero también abrió las bandas, y fue encarcelando progresivamente a Inglaterra. Cada ataque obligaba a los ingleses a defender más cerca de su portería y cada despeje devolvía inmediatamente la posesión a la Albiceleste. El dominio dejó de ser territorial para convertirse en emocional. El partido ya se jugaba donde quería Argentina.
Jude Bellingham consuela a Elliot Anderson en presencia de Leo Messi.
La decisiva variante de Messi
Messi volvió a plasmar la variante táctica a la que ha recurrido Argentina cuando han surgido los apuros. El líder abandonó la zona central por momentos para caer hacia la banda derecha, donde siempre recibió libre de marca, algo que lamentará Tuchel hasta la eternidad. El técnico llegó a manifestar en vísperas de la semifinal que había barajado la posibilidad de realizar un marcaje al hombre al genio argentino. El movimiento de Messi arrastró marcas, abrió espacios interiores y permitió a Enzo encontrar libertad cuando se incorporaba desde la segunda línea. El empate llegó precisamente con el centrocampista surgiendo desde atrás para, con asistencia de Leo, conectar un potente disparo cuando los ingleses se frotaban las manos.
La herida ya estaba abierta. La sangre manaba de forma irremediable. Tuchel había condenado a su equipo, carente de ambición. El partido cambió completamente de dueño. Inglaterra acusó el golpe psicológico. Después de ejercicio defensivo maratoniano, perdió agresividad en las disputas, en las marcas. Argentina olía la debilidad. Siguió atacando con la convicción de quien conoce perfectamente estos escenarios, percutiendo infatigable. “Fue una oleada tras otra”, describió Kane. No era la primera vez que los de Scaloni sobrevivían al límite en este Mundial y actuaron con la tranquilidad de un equipo acostumbrado a competir bajo presión.
A lo largo del torneo, Argentina ha marcado once goles en los duelos de eliminatorias y nueve de ellos han sido posteriores al minuto 75, lo que representa un 82% del total y da cuenta de la resiliencia que atesora el colectivo. Por otro lado, Argentina ha logrado dieciséis tantos hasta la fecha, doce de ellos con la participación de Messi en forma de gol o asistencia. Es decir, la historia se repitió ante la pasividad inglesa, ante un guion ya conocido. El balón se abrió a banda derecha para que Messi ejerciera de receptor, una secuencia similar a la del gol del empate. Leo puso un centro y Lautaro Martínez fusiló a la red. En las pancartas, Las Malvinas volvieron a ser argentinas.
Tuchel: "No me arrepiento de nada"
“No me arrepiento de nada”, expresó un tozudo Tuchel, que omitió la influencia de sus decisiones tácticas y pareció lanzar a los suyos a la arena de los leones con este mensaje: “Estuvimos muy cerca, pero nos volvimos demasiado pasivos después de marcar; concedimos muchas ocasiones y no pudimos revertir la posesión del balón. A partir de ahí, nos limitamos a conceder muchísimos centros, ocasiones y tiros. No pudimos mantener el nivel tras nuestro gol”. Kane, sin embargo, señaló a su entrenador: “Una vez que nos pusimos 1-0 arriba, simplemente nos aferramos al resultado. A este nivel, no es suficiente”. Inglaterra no ha mostrado un idea clara de juego durante el torneo, fue rácana en momentos determinados y ya sufrió en las eliminatorias contra Congo (2-1), México (2-3) y Noruega (1-2).
Fue la demostración de que, incluso con 39 años, Messi sigue decidiendo partidos cuando Argentina practica el funambulismo sin red de seguridad, pero cuando la fe, imponderable, perdura incombustible. Argentina no es estética, es corazón. Es un grupo de guerreros dispuestos a desfallecer por la causa, sin negociar los esfuerzos. Solo así se guardan episodios épicos en el cajón de la memoria de los Mundiales. El precio del conformismo inglés fue alto. Pero el valor de la personalidad argentina fue superior. Porque cuando el reloj parecía correr a favor de Inglaterra, Argentina volvió a demostrar que nunca dejó de creer. Ha convertido el sufrimiento en virtud.